A las puertas ya de la Navidad, todas las calles se llenan de luces, de buenos sentimientos y de halagüeños deseos para el próximo año; los escaparate están llenos de regalos adornados con lazos y papeles de celofán. Estos días, hasta en los ambientes más laicos y paganos, se habla de ternura y de amor. Amor pasajero y fugaz, que terminará en el mejor de los casos tras la llegada de los reyes magos. Amor vacío y efímero como las burbujas del champán. Amor de papel en christmas de serie. Amor con minúsculas, que no conoce el verdadero mensaje de la Navidad.Y en este programa sobre el amor humano tiene mucho sentido que hablemos de la Navidad, porque es manifestación del mayor Amor que podamos imaginar.
En Navidad celebramos el nacimiento de Dios que se encarna, haciéndose hombre como nosotros, para salvarnos. Celebramos el acontecimiento real de la venida del Señor en carne mortal. Celebramos la concreción y la culminación de la Esperanza que vivimos en Adviento. Celebramos al Amor encarnado, el Amor humano pleno, definitivo y eterno, que es al mismo tiempo amor divino. Celebramos el Amor en Navidad porque al contemplar al Niño, adoramos a un Dios que viene a la tierra para anunciarnos una buena noticia.
Si nos quedáramos sólo en observar al Niño recién nacido y a sus jóvenes padres en el establo de Belén, en muchos de nosotros se despertaría la ternura, para otros sería quizá signo de la injusticia de la sociedad y los más osados se rebelarían contra la pobreza y las desigualdades de este mundo. Trasladado al momento actual se trataría una familia sin muchos recursos que no es aceptada en el pueblo al que llegan, por extraños y extranjeros. Estarán de acuerdo conmigo que no es precisamente la estampa idílica para proclamar el amor. ¿Por qué entonces celebramos la Navidad?
Si la Navidad habla de amor y es motivo de celebración es precisamente por todo lo que hay detrás de esa familia de Nazaret, que acoge en su seno al Hijo de Dios. Que ese Niño nazca es fruto del Amor inmenso de Dios a los hombres, que entrega a su propio Hijo para el bien de la humanidad. Si nace el Niño es gracias a la generosidad de su Madre, que le acoge con un gran Sí, y le cuida y protege hasta entregarle de nuevo a toda la humanidad. Que nazca ese Niño es gracias al buen hacer y la compresión de su padre José, que respeta y acompaña a María en esta tarea encomendada desde lo alto.
Pero hay más; si la Navidad habla de Amor es porque detrás de ese Niño hay una historia de entrega, de amor por los más pobres y necesitados, de acogida de los enfermos y de los débiles, de sacrificio y ofrecimiento de toda su vida. Lo que ocurre en Belén es el hecho puntual de toda una historia de Amor, pensada desde el principio de los tiempos por Dios para la salvación del hombre, y que culmina con la muerte y la resurrección del Hijo de Dios, ese Niño nacido en el portal. La Navidad no sería lo mismo si la historia terminara en el pesebre. Por todo esto me resisto a que no se hable de la auténtica Navidad, que no se proclame la verdadera historia de amor que se encierra en este misterio. Cuando los cristianos celebramos la Navidad, celebramos ese misterio, y desde ahí anunciamos la buena noticia de que es posible la salvación para el hombre. Dios ama al hombre en cualquier circunstancia, más allá de su debilidad, y por eso quiere para él una vida mejor en la eternidad, por eso anuncia un amor mayor que vence el mal. Atrevámonos estos días a anunciar el verdadero sentido de la Navidad. A celebrar el amor de Dios encarnado. Y a vivir desde ahí el auténtico y verdadero amor, más allá de las luces y los brindis de champán. ¡Feliz Navidad!















Por diferentes caminos y de muy diversas maneras “me persigue” un tema que ha sido de actualidad política en los últimos meses, y no precisamente con propuestas de mejora. Me refiero al aborto, y todo lo que conlleva esta tremenda realidad. Y no tanto por las atrocidades que se realizan y de las que es fácil escandalizarse, sino por la sutileza del maligno que nos engaña sin darnos cuenta. Pero no me gustaría hablar de este tema en tono tremendista o negativo. La reflexión en voz alta que os propongo esta noche versa sobre la maternidad, sobre el amor exclusivo de una madre al ser creado que habita en ella, gracias al amor esponsal.
“Tendrías que hablar un día de la capacidad transformadora del amor”, me sugirió un buen amigo la otra tarde. La verdad es que inicialmente me pareció un tema complejo y demasiado amplio para esta sección, pero –con su permiso- me atreveré a lanzar algunas ideas al ruedo. Conforme he ido dando vueltas al tema, me he dado cuenta de los diferentes matices de esta afirmación. El amor puede trasformar, no cabe duda, y vamos a hablar hoy del amor humano en todas sus dimensiones, porque es posible el error de focalizar este tema en las relaciones de noviazgo que, siendo un campo muy interesante, es sólo una parte de todo el abanico de posibilidades. Empecemos con algún ejemplo: en el ámbito de la enfermedad, en situaciones difíciles de dolor, el amor de una persona cercana puede transformar el sufrimiento en salvación. Incluso me atrevería a decir que ese amor puede “salvar” la vida, si no –y permítanme esta incursión en un tema más complejo- bastaría con pasarse un día por cualquier unidad de cuidados paliativos para comprobar, cómo el buen trato de los profesionales y el amor de los familiares, transforman milagrosamente los últimos días de los pacientes, entendiendo así la muerte como parte de la vida. ¿Y que me dicen de los buenos amigos?. Seguro que todos tenemos experiencia de esto en algún momento de nuestra vida. Aquel amigo que un día te dio un buen consejo que todavía hoy recuerdas, o ese otro que te enfrentó a la realidad de tu vida, quizá no muy centrada en un momento determinado. Una expresión diferente del amor, el amor de amistad que –como decía Lewis- es el menos celoso de los amores. Y qué decir de la capacidad de transformación del amor en el entorno donde se manifiesta ese amor. Vayamos, por ejemplo, a las primeras comunidades cristianas “¡mirad cómo se aman!” decían los entonces llamados paganos. El amor entre los primeros seguidores de Jesús se presentaba de forma tan atrayente, con ese “alborotado amor silencioso” que transformaba el corazón de los que estaban con ellos. Aquí parece estar una de las claves. El amor vivido, personificado, ¡concretado!, es capaz de suscitar interrogantes, de mover almas, de trascender lo humano y aproximarse a lo divino para desde ahí, provocar el cambio. Y empezaríamos a hablar ahora del amor de Dios, al que hemos llegado de una forma natural por este camino. El Amor de Dios hacia cada una de los hombres, criaturas creadas, es único, exclusivo, irrepetible, y ése saberse amado profundamente, con toda la torpeza y el pecado, es lo que trasforma al hombre. Por aquí llega la conversión, si el hombre se descubre personalmente amado, nada a su alrededor puede importar, todo adquiere unas dimensiones nuevas, relativas. Y por esto, frente al inmovilismo que hoy parece imperar en nuestra sociedad, que muchas veces es determinismo, el Amor abre una nueva vía de cambio. Si la enfermedad y el dolor es aparentemente malo, saberse amado también en ese sufrimiento, sin cambiar un ápice su dignidad ni reconocimiento, no sólo reconforta, si no que –como decía antes- transforma esa situación en momento de salvación.