jueves, 17 de diciembre de 2009

¡FELIZ NAVIDAD!

¡Qué bien celebrar el final del adviento anticipándonos de algún modo a la Navidad! Hace unos días recibí de una buena amiga una felicitación navideña un tanto singular. Y digo a conciencia “singular” porque no es usual recibir como felicitación una carta que Juan Pablo II escribió en 1994 los niños de todo el mundo. Mientras la leía, además de querer ser un poco más niña, me emocionó redescubrir de forma tan clara y a través de alguien a quien tanto queremos qué es la Navidad. Que nunca lo olvidemos. Así que mis palabras para ustedes hoy, son en realidad del anterior Papa: “¡Queridos niños! Nace Jesús. Dentro de pocos días celebraremos la Navidad, fiesta vivida intensamente por todos los niños en cada familia. Deseo dirigirme a vosotros, niños del mundo entero, para compartir juntos la alegría de esta entrañable conmemoración.
La Navidad es la fiesta de un Niño, de un recién nacido. ¡Por esto es vuestra fiesta! Vosotros la esperáis con impaciencia y la preparáis con alegría, contando los días y casi las horas que faltan para la Nochebuena de Belén.
Parece que os estoy viendo: preparando en casa, en la parroquia, en cada rincón del mundo el nacimiento, reconstruyendo el clima y el ambiente en que nació el Salvador. ¡Es cierto! En el período navideño el establo con el pesebre ocupa un lugar central en la Iglesia. Y todos se apresuran a acercarse en peregrinación espiritual, como los pastores la noche del nacimiento de Jesús. Más tarde los Magos vendrán desde el lejano Oriente, siguiendo la estrella, hasta el lugar donde estaba el Redentor del universo.
También vosotros, en los días de Navidad, visitáis los nacimientos y os paráis a mirar al Niño puesto entre pajas. Os fijáis en su Madre y en san José, el custodio del Redentor. Contemplando la Sagrada Familia, pensáis en vuestra familia, en la que habéis venido al mundo. Pensáis en vuestra madre, que os dio a luz, y en vuestro padre. Ellos se preocupan de mantener la familia y de vuestra educación. En efecto, la misión de los padres no consiste sólo en tener hijos, sino también en educarlos desde su nacimiento.
Queridos niños, os escribo acordándome de cuando, hace muchos años, yo era un niño como vosotros. Entonces yo vivía también la atmósfera serena de la Navidad, y al ver brillar la estrella de Belén corría al nacimiento con mis amigos para recordar lo que sucedió en Palestina hace 2000 años. Los niños manifestábamos nuestra alegría ante todo con cantos. ¡Qué bellos y emotivos son los villancicos, que en la tradición de cada pueblo se cantan en torno al nacimiento! ¡Qué profundos sentimientos contienen y, sobre todo, cuánta alegría y ternura expresan hacia el divino Niño venido al mundo en la Nochebuena!
¡Alabad el nombre del Señor! Los niños de todos los continentes, en la noche de Belén, miran con fe al Niño recién nacido y viven la gran alegría de la Navidad. Cantando en sus lenguas, alaban el nombre del Señor. De este modo se difunde por toda la tierra la sugestiva melodía de la Navidad. Son palabras tiernas y conmovedoras que resuenan en todas las lenguas humanas; es como un canto festivo que se eleva por toda la tierra y se une al de los Ángeles, mensajeros de la gloria de Dios, sobre el portal de Belén: « Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes El se complace » (Lc 2, 14). El Hijo predilecto de Dios se presenta entre nosotros como un recién nacido; en torno a El los niños de todas las Naciones de la tierra sienten sobre sí mismos la mirada amorosa del Padre celestial y se alegran porque Dios los ama.
¡Qué importante es el niño para Jesús! Se podría afirmar desde luego que el Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño. Incluso podría ser leído en su conjunto como el « Evangelio del niño ».
En efecto, ¿qué quiere decir: « Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos »? ?Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos? En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los cielos. Al cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Sólo éstos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios.
¿No es éste el mensaje principal de la Navidad? Leemos en san Juan: « Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros » (1, 14); y además: « A todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios » (1, 12). ¡Hijos de Dios! Vosotros, queridos niños, sois hijos e hijas de vuestros padres. Ahora bien, Dios quiere que todos seamos hijos adoptivos suyos mediante la gracia. Aquí está la fuente verdadera de la alegría de la Navidad. Alegraos por este « Evangelio de la filiación divina ». Que, en este gozo, las próximas fiestas navideñas produzcan abundantes frutos. ¡FELIZ NAVIDAD!

martes, 8 de diciembre de 2009

FEMENINO VS FEMINISTA

Cada año me enfado más el día en que se celebra el día de la igualdad de la mujer, o el día en contra de la violencia de genero...o días similares, me da igual. Hace poco celebrábamos uno de esos, no sé cual y de repente, todos los medios de comunicación se llenaron de mensajes feministas y palabras vacías de contenido. Ya está bien de que nos tomen por tontas, o al menos, eso pienso yo. Creo que a estas alturas de la partida, salvo incultos o desalmados, nadie discute la igual dignidad del hombre y la mujer, los mismos derechos e idénticas oportunidades. Sé que en algunos trabajos no se cumplen estas premisas iniciales, y que seguramente haya muchas cosas que mejorar, pero que nos obliguen a celebraciones insulsas y un poco infantiles, eso no. Es más, les diré que siempre que veo eventos similares, con discursos marcadamente feministas y proclamas progresistas me entran más ganas de celebrar el día de la mujer “super-femenina” (que no feminista). No puedo entender ese afán de querer igualarnos al hombre en aspectos que por mucho que nos pese, son propiamente masculinos. Podrán no estar de acuerdo conmigo, pero resulta poco estético-si me permiten la expresión- ver a una mujer con mono azul arrastrando toneladas de peso, que sorprendentemente es la imagen que nos ponen para exaltar la igualdad del hombre y mujer en el ámbito laboral. Que no digo yo que no lo puedan hacer, pero desde luego, la propia fisonomía de la mujer no es la más adecuada y no creo que por apetencia, muchas mujeres escojan puestos similares. Me gustaría que ese día mostraran también a las mujeres, madres de familia, que libremente, por decisión propia, renunciando quizá a una vida independiente laboral y a un sueldo complementario que les permita cierta holgura, optan por quedarse en casa, al cuidado de los hijos, creando un hogar, esperando al marido con la cena preparada, guapa, radiante, ejerciendo a la perfección su papel de mujer, madre y esposa. Y al final, esa sería la verdadera celebración, la que exalta a la mujer, en su libre elección. Y no nos engañemos, es en la familia donde se forjan los valores fundamentales, y donde desde el principio se fomenta el respeto y se entiende la igualdad. Ese es el gran chollo de tener padre, madre y hermanos. Que sin quererlo, con absoluta naturalidad, se vive la diversidad desde los primeros años; en la que cada uno adopta su propio rol, cumple con sus funciones y colabora en las tareas del hogar, viviendo y expresándose afectivamente cada uno tal cual es. El padre como hombre adulto y esposo de la madre, mujer adulta, y los hijos, como tales, con las diferencias propias de su sexo y edad que sólovm pueden enriquecer la familia.
Ahora que se acercan las fiestas navideñas me acuerdo de una anécdota que me contó un madre de familia, con tres niñas y un cuarto hijo varón. Me decía con mucha gracia: por mucho que nos empeñemos, los niños son niños. En mi casa sólo había muñecas, y cuando llegó el pequeño jugaba con ellas, pero lanzándolas como si fueran pelotas. Por eso no me creo lo de los juguetes sexistas, cada cual tiene que jugar con lo suyo.Así que a partir de ahora, les propongo que siempre que se celebre un día de estos, seamos más conscientes de las diferencias que nos engrandecen y complementan con los hombres, y que las exaltemos y mostremos con igual intensidad. Quizá así estemos contribuyendo mejor a defender la igualdad.

jueves, 19 de noviembre de 2009

¿COMPAÑERO?

Escuchaba ayer en un programa matinal de radio una afirmación que me chirrió mientras la oía. Hablaba una mujer de mediana edad sobre el mundo afectivo de los ancianos, refiriéndose especialmente a las mujeres, y aseveraba: “las personas mayores necesitan un compañero; a esa edad no estamos hablando ya de amor o sexo, sino de tener un compañero”. No fue una afirmación casual, porque repitió la misma día idea varias veces y por supuesto volvió a sonar la palabra compañero en esos minutos radiofónicos. Sinceramente, no lo entiendo. Me imagino un compañero para jugar al mus o para salir a caminar hasta la ermita del pueblo. Compañero también de tardes en el club de jubilados o de cafés vespertinos, pero compañero ¿compañero?. Espero no tergiversar lo que se comentó en aquel programa, pero creo no ir muy desencaminada cuando se refería al compañero como a una persona única, del sexo opuesto, que “acompañe” en la vida diaria a una persona concreta, en este caso de edad avanzada, anciana. Entiendo que se tratará entonces de una “pareja” un “novio” o un “amigo”, en cualquiera de los tres casos algo con lo que no estoy completamente de acuerdo.
Me viene al pensamiento un comentario que hizo un día mi abuela mientras paseábamos por un parque vallisoletano y vimos a un grupo de ancianos bailar por parejas y a una animadora que gritaba por un micrófono algo así como: “¡venga, no sean vergonzosos, y saquen a bailar a las mujeres!”. Yo era todavía pequeña, pero me acuerdo perfectamente que mi abuela dijo :¡se han creído que somos unos jovenzuelos!. Entonces ella era viuda ya y no entendía como podían bailar y coquetear ancianos de setentaymuchos años. Que nadie se sienta ofendido por esto, que me parece muy sano y saludable querer bailar y conocer a gente a cualquier edad de la vida, pero no me negarán que en todo esto hay algo que huele a chamusquina. Estamos queriendo dar a nuestros ancianos lo que los jóvenes queremos que quieran, y les sumergimos casi siempre en un modo de vida que no entienden, o en la que muchos se ven obligados a vivir sin otra alternativa. ¿Es necesario que una mujer viuda a los setenta años, en perfectas condiciones físicas y mentales tenga un “compañero” para vivir mejor su ancianidad?. Rotundamente no. ¿Hace falta preparar “juegos de adolescentes” para entretener a un grupo de ancianos que se reúne cada día en el club social de su barrio? Creo que no. La ancianidad es un momento único en la vida de las personas que merece todo el respeto. En esa etapa de la vida, con toda la experiencia acumulada, y con la madurez adquirida por el paso del tiempo, no creo que sea justo reducir sus necesidades afectivas a la presencia de un “compañero”. Las personas mayores, como todos, necesitan sentirse queridas y querer a los que les rodean. Y creo que hay muchas y muy distintas formas de vivir esto. Algunas volcaran este amor en su mujer o marido, que es mucho más que un compañero. Los que ya hayan perdido al cónyuge buscaran consuelo y compañía en los hijos, hermanos, sobrinos o amigos. Algunos, los más solitarios, podrán dedicar su tiempo a labores sociales en las parroquias, con los propios amigos, entregando su tiempo a los demás: ese tiempo que tantas veces les ha faltado en la juventud; y probablemente también así se sientan muy queridos y acompañados. Por supuesto que hablamos de amor en las personas mayores, fundamentalmente de amor; porque con el paso del tiempo –casi siempre- han aprendido lo fundamental y sólo ellos saben hablar y vivir un amor maduro, sereno, curtido por la vida. Hablar de compañerismo es reducir la afectividad de los mayores a la etapa de primera infancia, donde los niños del colegio comparten sus horas de juego con los compañeros. No creo que se trate de eso. Respetemos a nuestros ancianos, aprendamos de ellos y sobretodo, querámosles mucho.

jueves, 5 de noviembre de 2009

ESPERAR PARA CASARSE

Como muchos de nuestros fieles lectores habrán percibido, muchas de mis reflexiones son suscitadas por pequeñas historias que acontecen en el día a día. La última de ellas este pasado fin de semana. Hablaba con una amiga sobre el matrimonio, cuándo casarse, en qué momento. Realmente intentábamos dilucidar si era una locura casarse de un día para otro, sin mucha preparación, habiendo discernido con claridad -¡claro está!- que la persona elegida era la idónea para tal empresa. Para que se sitúen mejor, podría tratarse de cualquier joven pareja, ilusionada con la idea de casarse y convencida de que ese proyecto en común es el que mayor y mejor felicidad va a proporcionar a ambos ahora y para siempre. La dificultad surge cuando viven en ciudades distantes por motivos laborales o de estudio, hecho que presume permanecer invariable al menos un años más. En esta situación, tras varios años de noviazgo y repito, muchas ganas de casarse “bien”, surge la pregunta: y si nos casamos mañana mismo, ¿sería una locura?. La respuesta inicial, casi impulsiva y más propia de una novela de amor, sería: “ claro que no, ahora mismo, llamad a un sacerdote y celebremos la boda”; la sociedad actual, más malévola si me lo permiten, defendería que no es necesario casarse para sentirse comprometidos y vivir como tal. Y ciertamente, es tentador pensar así. Sin embargo, permítanme una vez más que reflexione en alto con ustedes.
El matrimonio es respuesta de los esposos a la vocación al amor; y –como se recoge en el catecismo de la Iglesia católica- por la alianza matrimonial, un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, que fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y educación de los hijos.
Recuerdo además durante la preparación de mi matrimonio algo que me llamó poderosamente la atención, y que leí en un libro. Hacía referencia al hecho de la distancia en el matrimonio y decía más o menos que, salvo motivos graves, el matrimonio no debe separarse por motivos laborales ni de otra índole, ya que la distancia física dificulta la auténtica vivencia del matrimonio en toda su dimensión. Lo comentábamos después con un sacerdote, que iba más allá, afirmando en positivo, la importancia de estar, compartir, formar y crear una nueva familia, que sea realmente una auténtica comunidad de amor . Y en otro momento le preguntaba: entonces, ¿cuándo tenemos que casarnos?. La respuesta fue tajante: ¿se lo habéis preguntado a Dios?.
Está claro con estas torpes pinceladas, el matrimonio es mucho más de lo que a veces pensamos, imaginamos y vivimos. Es una vocación que nos supera y que sólo podemos empezar a vivir cuando la entendemos como una respuesta a la llamada de Dios. Por eso, superando las ideas románticas de las películas, y las mediocres propuestas de la sociedad, la respuesta a la pregunta inicial quizá fuera otra. Casarse cuando uno ha discernido con sinceridad y con la suficiente y necesaria preparación, por supuesto, pero con la mínima garantía de que se va a poder vivir realmente el matrimonio, dedicándole el tiempo que se merece y necesita, construyendo con todo esmero una nueva comunidad de amor entre los cónyuges. Para algunos esto será una locura, una absurda pérdida de tiempo. Para los que creemos en el amor santificado por Dios, en el matrimonio, esperar a casarse en estas circunstancias, puede ser casi un acto heroico, y desde luego no un tiempo muerto, sino un espacio precioso para preparar y esperar con más ilusión el momento sacramental de matrimonio.

jueves, 22 de octubre de 2009

CADA VIDA IMPORTA

Y como no puede ser de otra forma, vuelvo a la carga haciéndome eco de la gran manifestación que hace unos días aconteció en Madrid, para celebrar y defender la vida. En defensa de la maternidad, de la mujer y de la vida: cada vida importa. Allí estuvimos, en familia, con amigos, compartiendo con tanta gente la ilusión por defender una vez más, y las que hagan falta, cualquier vida, toda la vida. Me gustó ver gente de todas las edades, niños y ancianos, gente sola, grupos de amigos, familias enteras, carros y silletas de bebé de todas las modalidades.....pero sobretodo me gustó ver a muchos hombres. Hombres comprometidos por la maternidad y por la vida. Porque si unos pocos quieren dar a la mujer el derecho a abortar, muchos más quieren defender el derecho a acoger la vida; y allí estaban también ellos: los padres, co-responsables en la concepción y en la acogida de la nueva vida que nace. Responsables de un modo único de cuidar y proteger a la madre, mujer gestante. Y allí había muchos, dando ejemplo. Apoyando y defendiendo la vida, pero apoyando y defendiendo también a la mujer, y su maternidad. Eso sí que es ser progresista, y moderno, y querer velar por los derechos de las mujeres. Y había muchos, se lo puedo asegurar. Muchos padres a los que “ningunea” la nueva ley, privándoles del derecho a ser padres. ¿Lo habían pensado?. Se defiende a ultranza el derecho de la mujer a matar al niño que espera, y ¿quién defiende el derecho del padre a cuidarle, quererle y protegerle toda la vida?. Soy consciente de que en muchos de los casos, es el padre el que se desentiende de la nueva criatura, por miedo, o por ignorancia, pero precisamente a esos, es necesario informar adecuadamente y ayudar a entender el increíble milagro que entraña y que sin duda es la concepción de un nuevo hombre.
Me decía el otro día una amiga que acaba de sufrir un aborto natural, de su tercer hijo, que esto le ha servido para ser más consciente del auténtico drama del aborto. Su reflexión era muy sencilla. Si los hijos se consideran un don, y no se programan ni se “producen”, sólo se puede acogerlos con inmensa alegría y siendo muy conscientes de tan inmerecido don. Y por eso también, cuando se mueren siendo todavía muy pequeños e “invisibles”, queda el consuelo y la confianza en el Creador, a quien todos pertenecemos. Y a pesar de tener ya dos hijos preciosos y un angelito en el cielo, hay una cierta tristeza y sensación de vacío tras la pérdida del ser que esperaba. Tristeza sublimada en mayor y mejor amor a sus hijos y a su marido, sabiendo que esa es la mejor forma de superarlo y vivirlo. Y esto así, siendo algo natural y enmarcado dentro del gran misterio de la vida. ¿Se imaginan la desazón que tiene que sentir una madre que ha decidido matar a su hijo?. Esa era su reflexión, que hoy comparto con ustedes.
Por eso, una vez más: Sí a la vida. Defendámosla con uñas y dientes, con alegría, convencidos de que ganaremos esta batalla a favor de la vida. Seamos conscientes de que esto nos implica a todos, en nuestras profesiones, en nuestras familias, con la gente que tengamos cerca. Tenemos que ser generosos y ayudar a las madres que se sientan desprotegidas y no aceptadas en sus ambientes. Tenemos que acompañar, ayudar, acoger y querer a las madres en dificultades. Estoy segura de que así nacerán muchos más niños, que tienen derecho a vivir. Como oía ayer en una canción, en la defensa de la vida, todos podemos hacer más.

jueves, 2 de julio de 2009

TODA UNA VIDA

Celebraba el otro día el aniversario de boda de mis padres; han pasado ya algunos años, más de treinta, cerca de los cuarenta. Por un momento, pensé una obviedad que casi ofendió a mi padre: “¡lleváis casados más tiempo que toda mi vida!” exclamé como si hubiera descubierto la pólvora. Desde luego, era ingenua mi reflexión, pero tiene su explicación.
Siempre he visto a mis padres como el núcleo inicial de mi familia, formando un matrimonio sólido, con sus momentos de esplendor y sus pequeñas o no tan pequeñas dificultades, propias de la vida misma y del devenir de los tiempos. Desde que yo recuerdo, les he visto compartir buenos y malos momentos, siempre juntos, a pesar de todo. En todo momento, he dado por hecho que su unidad era indestructible, única y eterna. Nunca me planteé algo diferente. Entiendo ahora que esta solidez ha colmado de seguridad y de felicidad mi infancia, y ha interrogado mi adolescencia y primera juventud. Tener la convicción de que el matrimonio de mis padres es una unidad estable, no exenta de dificultades, me ha hecho entender la profundidad del amor: del amor conyugal que está por encima de las circunstancias concretas de cada etapa de la vida, y del amor paternal que se extiende a los hijos. Y esto lo entiendo mucho mejor ahora, que también soy esposa y madre. Y quizá por eso el pensamiento inicial con el que empezaba esta reflexión.
Me dio un cierto vértigo celebrar 37 años de matrimonio, y no sólo por ser consciente del tiempo pasado, sino sobretodo por anticipar el futuro. En un instante, me trasladé 37 años en el tiempo, e imaginé a mi hijo que todavía hoy es un bebé, a sus futuros y posibles hermanos y mi vida en ese momento, junto a mi marido. Entonces me di cuenta de la cantidad de cosas que pueden pasar, de todo lo que puede cambiar, y reconozco que me entró un poco de miedo. Pensaba en todo lo que ha pasado ya en mi corta vida, y si Dios quiere y esos son su planes, todo lo que podrá ocurrir hasta entonces. Pero es inútil agobiarse por el futuro, que no sabemos si llegará. Lo que es evidente de toda esta reflexión un poco personal, es que el matrimonio, y la familia, hay que cuidarla día a día. No se celebran 37 años de matrimonio, se celebra cada día, cada acontecimiento. El recuento final sólo sirve para engrandecer el hecho heroico de seguir juntos, pero la gran celebración se precisa después de cada batalla, de cada prueba superada, de cada alegría compartida. Día a día, baldosa a baldosa (como decía sabiamente el barrendero de Momo) se va fraguando una historia de amor que dura y se consolida en cada peldaño. Ser fiel durante toda una vida es ser fiel en cada instante, con el pensamiento, con la mirada, con el deseo. Amar con madurez al final de la vida se consigue creciendo juntos en el amor. Dejarse sorprender cada día, admirar al otro, apoyarle en sus necesidades, celebrar cada acontecimiento, perdonarse, hablar sin parar y de todo, rezar juntos.....son algunas claves que he ido escuchando de algunos longevos matrimonios.
Y este convencimiento de que es así la única y mejor forma de amar en el matrimonio, se transmite a los hijos, de forma natural, como se hace con las cosas importantes. Y de repente, cuando ante ellos aparece el amor, surge de forma espontánea lo que han aprendido de pequeños, en su familia, a través del amor de sus padres. Debería ser así siempre, y en todos los casos. Los que hemos tenido la inmensa suerte de vivirlo así, deberíamos adquirir el compromiso de procurarlo también para nuestros hijos, supongo que es cuestión de justicia, o mejor dicho, cuestión de amor.

lunes, 1 de junio de 2009

EL FESTÍN DE LA AMISTAD

El fin de semana pasado tuve la suerte de poder recibir en mi casa a dos buenos amigos. Y digo suerte porque desde hace algún tiempo nos separan unos cuantos kilómetros que dificultan estos encuentros, más frecuentes en tiempos pasados. Y he pensado que en este espacio sobre el amor humano hemos dedicado quizá un tiempo insuficiente a hablar de la amistad, que también en una forma de amor.
A los antiguos, la amistad les parecía el más feliz y más plenamente humano de todos los amores: coronación de la vida y escuela de virtudes. Quizá el mundo moderno haya desvirtuado este valor de la amistad, y la reduzca hoy a simple camaradería. No es fácil tener buenos amigos. No es frecuente tener muchos buenos amigos, a lo mejor porque no es posible vivir intensamente la amistad con mucha gente distinta, no lo sé.
Lo que es innegable es la satisfacción del encuentro en la amistad. Aunque haya pasado el tiempo, aunque hayan cambiado las circunstancias y aparecido nuevos y distintos amores. Los amigos que se encuentran necesitan un solo saludo para saberse amados, en ese misterioso amor que supone la amistad. Es esa sensación de haberse visto el día anterior lo que facilita el encuentro. Los amigos “son”, aunque no conozcan cada segundo de sus historias ni todo resquicio de sus pensamientos. Se es libre y auténtico con los amigos; en la amistad no tienen lugar los formalismos ni los protocolos, simplemente hay que ser, eso es lo verdaderamente importante igual que en otras formas de amor.
Pensando en esto me he acordado de un buen libro del escritor C. S Lewis, muchos de ustedes lo conocerán, se trata de “ Los cuatro amores”. En él habla del afecto, del eros, la caridad y la amistad. Sobre la amistad afirma : “La amistad no es una recompensa por nuestra capacidad de elegir y por nuestro buen gusto de encontrarnos unos a otros, es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de miles de otros hombres; por medio de la amistad Dios nos abre los ojos ante ellas. Como todas las bellezas, éstas proceden de Él, y luego, en una buena amistad, las acrecienta por medio de la amistad misma, de modo que éste es su instrumento tanto para crear una amistad como para hacer que se manifieste. En este festín es Él quien ha preparado la mesa y elegido a los invitados”.
Puede parecernos un pensamiento “excesivamente trascendente” sobre la amistad, pero para un cristiano no existe la casualidad, y no podía ser de otra forma con los amigos. Descubrir la amistad como un don de Dios, nos hace sin duda valorar más esa forma concreta de amar, nos permite ser humildes, generosos, amables, espontáneos....Vivir así la amistad es ser conscientes de la gratuidad del don que tiene que ser cuidado y conservado. Si han tenido experiencia de una buena amistad, sabrán de qué les estoy hablando.