El matrimonio no es una cuestión baladí, y es verdad lo que tantas veces hemos escuchado antes de nuestra boda que todo pasa muy rápido, que tanto tiempo dedicado a los preparativos se condensan y exprimen en unas pocas horas, que uno no se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor ese día...pero esto hace referencia sólo a un día, al momento sacramental y a la celebración posterior, que puede alargarse más o menos en función de las circunstancias.Pero esto no es todo, de hecho no es casi nada, esto sólo es el comienzo. El día de la boda es necesario y fundamental para iniciar un nuevo matrimonio, para empezar una nueva familia, para crear un núcleo nuevo de amor y convivencia, día imprescindible para el comienzo de esta aventura. Es necesario el sacramento, el signo visible por el que Dios, con su gracia, convierte de manera misteriosa y casi mágica, a un hombre y a una mujer en esposos. Es necesario vivirlo y manifestarlo públicamente, en la comunidad. Son necesarias las palabras “te recibo y me entrego a ti”, para que el matrimonio exista, y todo eso sólo es el comienzo. Un inicio maravilloso y sorprendente (por mucho que se prepare) pero que sólo es el comienzo. Por eso, no importa que todo pase tan rápido. No importa que no hayamos podido disfrutar de todos los invitados como queríamos inicialmente, o que no hayamos percibido cada detalle (de eso se encargaran después las fotos). En realidad, eso no es lo más importante. El día de la boda pasa rápido, pero el matrimonio dura “hasta que la muerte nos separe”, y es entonces cuando podemos darnos cuenta, disfrutar de cada momento, vivirlo intensamente en la realidad de la convivencia y cuidarlo como si de un recién nacido se tratara...y –compartirán conmigo- que éste es un momento gozoso. Y aquí es donde quería llegar, porque entramos en la Iglesia del brazo de nuestro progenitor siendo hija y hermana, y salimos siendo además esposa, y esto no es algo que se aprenda inmediatamente, no existe esa varita mágica que nos dé de modo espontáneo las claves de actuación. Con la gracia del sacramento –que es activa y dura mientras exista el matrimonio- adquirimos las potencias y la fuerza para desarrollar santamente nuestro nuevo cometido, pero hay que ponerlas en juego y –que yo haya descubierto- no existe un manual de instrucciones. Y no me refiero sólo a las tareas domésticas o a poner en marcha una casa que, siendo importante, no es lo fundamental. El meollo de la cuestión estaría en ir haciéndose realmente esposa, mujer, amante. El amor conyugal es sin duda una forma muy concreta de amar,”como Cristo amó a su Iglesia”, es un amor que necesita tiempo, entrega, corporeidad, voluntad, generosidad, complicidad, un amor que se busca en la exclusividad y que al mismo tiempo se abre a los demás, en los hijos cuando Dios quiere, y en todos los que, de un modo u otro, aparecen en el camino. Es un amor que, por novedoso, implica una vocación, una llamada concreta de Dios a vivir el amor de esa forma específica, con esa persona concreta. Y eso no es posible conocerlo antes. Se puede intuir, se puede leer acerca de esa forma de amar, pero es necesario compartirlo para concretarlo y vivirlo en la exclusividad de dos personas que empiezan este camino, y por eso, es necesario ir haciéndose esposa. Aprender a amar, desde el ser mujer, en cuerpo y alma, recibiendo el amor en la entrega corporal, procurando un hogar que favorezca la convivencia y el crecimiento, descubriendo –por qué no decirlo- nuevas formas de rezar y de vivir la intimidad con Dios. Todo esto es ir siendo esposa, y de la misma manera el marido. Cada uno desde su idiosincrasia, aprovechando lo especifico y lo diferenciador de ser hombre y mujer, porque así lo ha querido el Creador, al servicio de la vida. Y sorprende lo natural y fácil que resulta todo cuando se vive de acuerdo con lo establecido en la creación, la belleza de la intimidad y la grandeza del compartir hasta lo más intimo. Ser mujer, siendo esposa, descubriendo cada día la mejor forma de vivir el amor concretado en una persona. Supongo que es un proceso continuo de crecimiento, y estoy segura de que nuestros oyentes estarán de acuerdo conmigo, en que siempre se puede ser mejor esposo o esposa. Nada más, la reflexión sobre el matrimonio era casi obligada hoy, perdón por el atrevimiento de esta reciente esposa.
“Tendrías que hablar un día de la capacidad transformadora del amor”, me sugirió un buen amigo la otra tarde. La verdad es que inicialmente me pareció un tema complejo y demasiado amplio para esta sección, pero –con su permiso- me atreveré a lanzar algunas ideas al ruedo. Conforme he ido dando vueltas al tema, me he dado cuenta de los diferentes matices de esta afirmación. El amor puede trasformar, no cabe duda, y vamos a hablar hoy del amor humano en todas sus dimensiones, porque es posible el error de focalizar este tema en las relaciones de noviazgo que, siendo un campo muy interesante, es sólo una parte de todo el abanico de posibilidades. Empecemos con algún ejemplo: en el ámbito de la enfermedad, en situaciones difíciles de dolor, el amor de una persona cercana puede transformar el sufrimiento en salvación. Incluso me atrevería a decir que ese amor puede “salvar” la vida, si no –y permítanme esta incursión en un tema más complejo- bastaría con pasarse un día por cualquier unidad de cuidados paliativos para comprobar, cómo el buen trato de los profesionales y el amor de los familiares, transforman milagrosamente los últimos días de los pacientes, entendiendo así la muerte como parte de la vida. ¿Y que me dicen de los buenos amigos?. Seguro que todos tenemos experiencia de esto en algún momento de nuestra vida. Aquel amigo que un día te dio un buen consejo que todavía hoy recuerdas, o ese otro que te enfrentó a la realidad de tu vida, quizá no muy centrada en un momento determinado. Una expresión diferente del amor, el amor de amistad que –como decía Lewis- es el menos celoso de los amores. Y qué decir de la capacidad de transformación del amor en el entorno donde se manifiesta ese amor. Vayamos, por ejemplo, a las primeras comunidades cristianas “¡mirad cómo se aman!” decían los entonces llamados paganos. El amor entre los primeros seguidores de Jesús se presentaba de forma tan atrayente, con ese “alborotado amor silencioso” que transformaba el corazón de los que estaban con ellos. Aquí parece estar una de las claves. El amor vivido, personificado, ¡concretado!, es capaz de suscitar interrogantes, de mover almas, de trascender lo humano y aproximarse a lo divino para desde ahí, provocar el cambio. Y empezaríamos a hablar ahora del amor de Dios, al que hemos llegado de una forma natural por este camino. El Amor de Dios hacia cada una de los hombres, criaturas creadas, es único, exclusivo, irrepetible, y ése saberse amado profundamente, con toda la torpeza y el pecado, es lo que trasforma al hombre. Por aquí llega la conversión, si el hombre se descubre personalmente amado, nada a su alrededor puede importar, todo adquiere unas dimensiones nuevas, relativas. Y por esto, frente al inmovilismo que hoy parece imperar en nuestra sociedad, que muchas veces es determinismo, el Amor abre una nueva vía de cambio. Si la enfermedad y el dolor es aparentemente malo, saberse amado también en ese sufrimiento, sin cambiar un ápice su dignidad ni reconocimiento, no sólo reconforta, si no que –como decía antes- transforma esa situación en momento de salvación.
