jueves, 17 de diciembre de 2009

¡FELIZ NAVIDAD!

¡Qué bien celebrar el final del adviento anticipándonos de algún modo a la Navidad! Hace unos días recibí de una buena amiga una felicitación navideña un tanto singular. Y digo a conciencia “singular” porque no es usual recibir como felicitación una carta que Juan Pablo II escribió en 1994 los niños de todo el mundo. Mientras la leía, además de querer ser un poco más niña, me emocionó redescubrir de forma tan clara y a través de alguien a quien tanto queremos qué es la Navidad. Que nunca lo olvidemos. Así que mis palabras para ustedes hoy, son en realidad del anterior Papa: “¡Queridos niños! Nace Jesús. Dentro de pocos días celebraremos la Navidad, fiesta vivida intensamente por todos los niños en cada familia. Deseo dirigirme a vosotros, niños del mundo entero, para compartir juntos la alegría de esta entrañable conmemoración.
La Navidad es la fiesta de un Niño, de un recién nacido. ¡Por esto es vuestra fiesta! Vosotros la esperáis con impaciencia y la preparáis con alegría, contando los días y casi las horas que faltan para la Nochebuena de Belén.
Parece que os estoy viendo: preparando en casa, en la parroquia, en cada rincón del mundo el nacimiento, reconstruyendo el clima y el ambiente en que nació el Salvador. ¡Es cierto! En el período navideño el establo con el pesebre ocupa un lugar central en la Iglesia. Y todos se apresuran a acercarse en peregrinación espiritual, como los pastores la noche del nacimiento de Jesús. Más tarde los Magos vendrán desde el lejano Oriente, siguiendo la estrella, hasta el lugar donde estaba el Redentor del universo.
También vosotros, en los días de Navidad, visitáis los nacimientos y os paráis a mirar al Niño puesto entre pajas. Os fijáis en su Madre y en san José, el custodio del Redentor. Contemplando la Sagrada Familia, pensáis en vuestra familia, en la que habéis venido al mundo. Pensáis en vuestra madre, que os dio a luz, y en vuestro padre. Ellos se preocupan de mantener la familia y de vuestra educación. En efecto, la misión de los padres no consiste sólo en tener hijos, sino también en educarlos desde su nacimiento.
Queridos niños, os escribo acordándome de cuando, hace muchos años, yo era un niño como vosotros. Entonces yo vivía también la atmósfera serena de la Navidad, y al ver brillar la estrella de Belén corría al nacimiento con mis amigos para recordar lo que sucedió en Palestina hace 2000 años. Los niños manifestábamos nuestra alegría ante todo con cantos. ¡Qué bellos y emotivos son los villancicos, que en la tradición de cada pueblo se cantan en torno al nacimiento! ¡Qué profundos sentimientos contienen y, sobre todo, cuánta alegría y ternura expresan hacia el divino Niño venido al mundo en la Nochebuena!
¡Alabad el nombre del Señor! Los niños de todos los continentes, en la noche de Belén, miran con fe al Niño recién nacido y viven la gran alegría de la Navidad. Cantando en sus lenguas, alaban el nombre del Señor. De este modo se difunde por toda la tierra la sugestiva melodía de la Navidad. Son palabras tiernas y conmovedoras que resuenan en todas las lenguas humanas; es como un canto festivo que se eleva por toda la tierra y se une al de los Ángeles, mensajeros de la gloria de Dios, sobre el portal de Belén: « Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes El se complace » (Lc 2, 14). El Hijo predilecto de Dios se presenta entre nosotros como un recién nacido; en torno a El los niños de todas las Naciones de la tierra sienten sobre sí mismos la mirada amorosa del Padre celestial y se alegran porque Dios los ama.
¡Qué importante es el niño para Jesús! Se podría afirmar desde luego que el Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño. Incluso podría ser leído en su conjunto como el « Evangelio del niño ».
En efecto, ¿qué quiere decir: « Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos »? ?Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos? En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los cielos. Al cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Sólo éstos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios.
¿No es éste el mensaje principal de la Navidad? Leemos en san Juan: « Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros » (1, 14); y además: « A todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios » (1, 12). ¡Hijos de Dios! Vosotros, queridos niños, sois hijos e hijas de vuestros padres. Ahora bien, Dios quiere que todos seamos hijos adoptivos suyos mediante la gracia. Aquí está la fuente verdadera de la alegría de la Navidad. Alegraos por este « Evangelio de la filiación divina ». Que, en este gozo, las próximas fiestas navideñas produzcan abundantes frutos. ¡FELIZ NAVIDAD!

martes, 8 de diciembre de 2009

FEMENINO VS FEMINISTA

Cada año me enfado más el día en que se celebra el día de la igualdad de la mujer, o el día en contra de la violencia de genero...o días similares, me da igual. Hace poco celebrábamos uno de esos, no sé cual y de repente, todos los medios de comunicación se llenaron de mensajes feministas y palabras vacías de contenido. Ya está bien de que nos tomen por tontas, o al menos, eso pienso yo. Creo que a estas alturas de la partida, salvo incultos o desalmados, nadie discute la igual dignidad del hombre y la mujer, los mismos derechos e idénticas oportunidades. Sé que en algunos trabajos no se cumplen estas premisas iniciales, y que seguramente haya muchas cosas que mejorar, pero que nos obliguen a celebraciones insulsas y un poco infantiles, eso no. Es más, les diré que siempre que veo eventos similares, con discursos marcadamente feministas y proclamas progresistas me entran más ganas de celebrar el día de la mujer “super-femenina” (que no feminista). No puedo entender ese afán de querer igualarnos al hombre en aspectos que por mucho que nos pese, son propiamente masculinos. Podrán no estar de acuerdo conmigo, pero resulta poco estético-si me permiten la expresión- ver a una mujer con mono azul arrastrando toneladas de peso, que sorprendentemente es la imagen que nos ponen para exaltar la igualdad del hombre y mujer en el ámbito laboral. Que no digo yo que no lo puedan hacer, pero desde luego, la propia fisonomía de la mujer no es la más adecuada y no creo que por apetencia, muchas mujeres escojan puestos similares. Me gustaría que ese día mostraran también a las mujeres, madres de familia, que libremente, por decisión propia, renunciando quizá a una vida independiente laboral y a un sueldo complementario que les permita cierta holgura, optan por quedarse en casa, al cuidado de los hijos, creando un hogar, esperando al marido con la cena preparada, guapa, radiante, ejerciendo a la perfección su papel de mujer, madre y esposa. Y al final, esa sería la verdadera celebración, la que exalta a la mujer, en su libre elección. Y no nos engañemos, es en la familia donde se forjan los valores fundamentales, y donde desde el principio se fomenta el respeto y se entiende la igualdad. Ese es el gran chollo de tener padre, madre y hermanos. Que sin quererlo, con absoluta naturalidad, se vive la diversidad desde los primeros años; en la que cada uno adopta su propio rol, cumple con sus funciones y colabora en las tareas del hogar, viviendo y expresándose afectivamente cada uno tal cual es. El padre como hombre adulto y esposo de la madre, mujer adulta, y los hijos, como tales, con las diferencias propias de su sexo y edad que sólovm pueden enriquecer la familia.
Ahora que se acercan las fiestas navideñas me acuerdo de una anécdota que me contó un madre de familia, con tres niñas y un cuarto hijo varón. Me decía con mucha gracia: por mucho que nos empeñemos, los niños son niños. En mi casa sólo había muñecas, y cuando llegó el pequeño jugaba con ellas, pero lanzándolas como si fueran pelotas. Por eso no me creo lo de los juguetes sexistas, cada cual tiene que jugar con lo suyo.Así que a partir de ahora, les propongo que siempre que se celebre un día de estos, seamos más conscientes de las diferencias que nos engrandecen y complementan con los hombres, y que las exaltemos y mostremos con igual intensidad. Quizá así estemos contribuyendo mejor a defender la igualdad.

jueves, 19 de noviembre de 2009

¿COMPAÑERO?

Escuchaba ayer en un programa matinal de radio una afirmación que me chirrió mientras la oía. Hablaba una mujer de mediana edad sobre el mundo afectivo de los ancianos, refiriéndose especialmente a las mujeres, y aseveraba: “las personas mayores necesitan un compañero; a esa edad no estamos hablando ya de amor o sexo, sino de tener un compañero”. No fue una afirmación casual, porque repitió la misma día idea varias veces y por supuesto volvió a sonar la palabra compañero en esos minutos radiofónicos. Sinceramente, no lo entiendo. Me imagino un compañero para jugar al mus o para salir a caminar hasta la ermita del pueblo. Compañero también de tardes en el club de jubilados o de cafés vespertinos, pero compañero ¿compañero?. Espero no tergiversar lo que se comentó en aquel programa, pero creo no ir muy desencaminada cuando se refería al compañero como a una persona única, del sexo opuesto, que “acompañe” en la vida diaria a una persona concreta, en este caso de edad avanzada, anciana. Entiendo que se tratará entonces de una “pareja” un “novio” o un “amigo”, en cualquiera de los tres casos algo con lo que no estoy completamente de acuerdo.
Me viene al pensamiento un comentario que hizo un día mi abuela mientras paseábamos por un parque vallisoletano y vimos a un grupo de ancianos bailar por parejas y a una animadora que gritaba por un micrófono algo así como: “¡venga, no sean vergonzosos, y saquen a bailar a las mujeres!”. Yo era todavía pequeña, pero me acuerdo perfectamente que mi abuela dijo :¡se han creído que somos unos jovenzuelos!. Entonces ella era viuda ya y no entendía como podían bailar y coquetear ancianos de setentaymuchos años. Que nadie se sienta ofendido por esto, que me parece muy sano y saludable querer bailar y conocer a gente a cualquier edad de la vida, pero no me negarán que en todo esto hay algo que huele a chamusquina. Estamos queriendo dar a nuestros ancianos lo que los jóvenes queremos que quieran, y les sumergimos casi siempre en un modo de vida que no entienden, o en la que muchos se ven obligados a vivir sin otra alternativa. ¿Es necesario que una mujer viuda a los setenta años, en perfectas condiciones físicas y mentales tenga un “compañero” para vivir mejor su ancianidad?. Rotundamente no. ¿Hace falta preparar “juegos de adolescentes” para entretener a un grupo de ancianos que se reúne cada día en el club social de su barrio? Creo que no. La ancianidad es un momento único en la vida de las personas que merece todo el respeto. En esa etapa de la vida, con toda la experiencia acumulada, y con la madurez adquirida por el paso del tiempo, no creo que sea justo reducir sus necesidades afectivas a la presencia de un “compañero”. Las personas mayores, como todos, necesitan sentirse queridas y querer a los que les rodean. Y creo que hay muchas y muy distintas formas de vivir esto. Algunas volcaran este amor en su mujer o marido, que es mucho más que un compañero. Los que ya hayan perdido al cónyuge buscaran consuelo y compañía en los hijos, hermanos, sobrinos o amigos. Algunos, los más solitarios, podrán dedicar su tiempo a labores sociales en las parroquias, con los propios amigos, entregando su tiempo a los demás: ese tiempo que tantas veces les ha faltado en la juventud; y probablemente también así se sientan muy queridos y acompañados. Por supuesto que hablamos de amor en las personas mayores, fundamentalmente de amor; porque con el paso del tiempo –casi siempre- han aprendido lo fundamental y sólo ellos saben hablar y vivir un amor maduro, sereno, curtido por la vida. Hablar de compañerismo es reducir la afectividad de los mayores a la etapa de primera infancia, donde los niños del colegio comparten sus horas de juego con los compañeros. No creo que se trate de eso. Respetemos a nuestros ancianos, aprendamos de ellos y sobretodo, querámosles mucho.

jueves, 5 de noviembre de 2009

ESPERAR PARA CASARSE

Como muchos de nuestros fieles lectores habrán percibido, muchas de mis reflexiones son suscitadas por pequeñas historias que acontecen en el día a día. La última de ellas este pasado fin de semana. Hablaba con una amiga sobre el matrimonio, cuándo casarse, en qué momento. Realmente intentábamos dilucidar si era una locura casarse de un día para otro, sin mucha preparación, habiendo discernido con claridad -¡claro está!- que la persona elegida era la idónea para tal empresa. Para que se sitúen mejor, podría tratarse de cualquier joven pareja, ilusionada con la idea de casarse y convencida de que ese proyecto en común es el que mayor y mejor felicidad va a proporcionar a ambos ahora y para siempre. La dificultad surge cuando viven en ciudades distantes por motivos laborales o de estudio, hecho que presume permanecer invariable al menos un años más. En esta situación, tras varios años de noviazgo y repito, muchas ganas de casarse “bien”, surge la pregunta: y si nos casamos mañana mismo, ¿sería una locura?. La respuesta inicial, casi impulsiva y más propia de una novela de amor, sería: “ claro que no, ahora mismo, llamad a un sacerdote y celebremos la boda”; la sociedad actual, más malévola si me lo permiten, defendería que no es necesario casarse para sentirse comprometidos y vivir como tal. Y ciertamente, es tentador pensar así. Sin embargo, permítanme una vez más que reflexione en alto con ustedes.
El matrimonio es respuesta de los esposos a la vocación al amor; y –como se recoge en el catecismo de la Iglesia católica- por la alianza matrimonial, un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, que fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y educación de los hijos.
Recuerdo además durante la preparación de mi matrimonio algo que me llamó poderosamente la atención, y que leí en un libro. Hacía referencia al hecho de la distancia en el matrimonio y decía más o menos que, salvo motivos graves, el matrimonio no debe separarse por motivos laborales ni de otra índole, ya que la distancia física dificulta la auténtica vivencia del matrimonio en toda su dimensión. Lo comentábamos después con un sacerdote, que iba más allá, afirmando en positivo, la importancia de estar, compartir, formar y crear una nueva familia, que sea realmente una auténtica comunidad de amor . Y en otro momento le preguntaba: entonces, ¿cuándo tenemos que casarnos?. La respuesta fue tajante: ¿se lo habéis preguntado a Dios?.
Está claro con estas torpes pinceladas, el matrimonio es mucho más de lo que a veces pensamos, imaginamos y vivimos. Es una vocación que nos supera y que sólo podemos empezar a vivir cuando la entendemos como una respuesta a la llamada de Dios. Por eso, superando las ideas románticas de las películas, y las mediocres propuestas de la sociedad, la respuesta a la pregunta inicial quizá fuera otra. Casarse cuando uno ha discernido con sinceridad y con la suficiente y necesaria preparación, por supuesto, pero con la mínima garantía de que se va a poder vivir realmente el matrimonio, dedicándole el tiempo que se merece y necesita, construyendo con todo esmero una nueva comunidad de amor entre los cónyuges. Para algunos esto será una locura, una absurda pérdida de tiempo. Para los que creemos en el amor santificado por Dios, en el matrimonio, esperar a casarse en estas circunstancias, puede ser casi un acto heroico, y desde luego no un tiempo muerto, sino un espacio precioso para preparar y esperar con más ilusión el momento sacramental de matrimonio.

jueves, 22 de octubre de 2009

CADA VIDA IMPORTA

Y como no puede ser de otra forma, vuelvo a la carga haciéndome eco de la gran manifestación que hace unos días aconteció en Madrid, para celebrar y defender la vida. En defensa de la maternidad, de la mujer y de la vida: cada vida importa. Allí estuvimos, en familia, con amigos, compartiendo con tanta gente la ilusión por defender una vez más, y las que hagan falta, cualquier vida, toda la vida. Me gustó ver gente de todas las edades, niños y ancianos, gente sola, grupos de amigos, familias enteras, carros y silletas de bebé de todas las modalidades.....pero sobretodo me gustó ver a muchos hombres. Hombres comprometidos por la maternidad y por la vida. Porque si unos pocos quieren dar a la mujer el derecho a abortar, muchos más quieren defender el derecho a acoger la vida; y allí estaban también ellos: los padres, co-responsables en la concepción y en la acogida de la nueva vida que nace. Responsables de un modo único de cuidar y proteger a la madre, mujer gestante. Y allí había muchos, dando ejemplo. Apoyando y defendiendo la vida, pero apoyando y defendiendo también a la mujer, y su maternidad. Eso sí que es ser progresista, y moderno, y querer velar por los derechos de las mujeres. Y había muchos, se lo puedo asegurar. Muchos padres a los que “ningunea” la nueva ley, privándoles del derecho a ser padres. ¿Lo habían pensado?. Se defiende a ultranza el derecho de la mujer a matar al niño que espera, y ¿quién defiende el derecho del padre a cuidarle, quererle y protegerle toda la vida?. Soy consciente de que en muchos de los casos, es el padre el que se desentiende de la nueva criatura, por miedo, o por ignorancia, pero precisamente a esos, es necesario informar adecuadamente y ayudar a entender el increíble milagro que entraña y que sin duda es la concepción de un nuevo hombre.
Me decía el otro día una amiga que acaba de sufrir un aborto natural, de su tercer hijo, que esto le ha servido para ser más consciente del auténtico drama del aborto. Su reflexión era muy sencilla. Si los hijos se consideran un don, y no se programan ni se “producen”, sólo se puede acogerlos con inmensa alegría y siendo muy conscientes de tan inmerecido don. Y por eso también, cuando se mueren siendo todavía muy pequeños e “invisibles”, queda el consuelo y la confianza en el Creador, a quien todos pertenecemos. Y a pesar de tener ya dos hijos preciosos y un angelito en el cielo, hay una cierta tristeza y sensación de vacío tras la pérdida del ser que esperaba. Tristeza sublimada en mayor y mejor amor a sus hijos y a su marido, sabiendo que esa es la mejor forma de superarlo y vivirlo. Y esto así, siendo algo natural y enmarcado dentro del gran misterio de la vida. ¿Se imaginan la desazón que tiene que sentir una madre que ha decidido matar a su hijo?. Esa era su reflexión, que hoy comparto con ustedes.
Por eso, una vez más: Sí a la vida. Defendámosla con uñas y dientes, con alegría, convencidos de que ganaremos esta batalla a favor de la vida. Seamos conscientes de que esto nos implica a todos, en nuestras profesiones, en nuestras familias, con la gente que tengamos cerca. Tenemos que ser generosos y ayudar a las madres que se sientan desprotegidas y no aceptadas en sus ambientes. Tenemos que acompañar, ayudar, acoger y querer a las madres en dificultades. Estoy segura de que así nacerán muchos más niños, que tienen derecho a vivir. Como oía ayer en una canción, en la defensa de la vida, todos podemos hacer más.

jueves, 2 de julio de 2009

TODA UNA VIDA

Celebraba el otro día el aniversario de boda de mis padres; han pasado ya algunos años, más de treinta, cerca de los cuarenta. Por un momento, pensé una obviedad que casi ofendió a mi padre: “¡lleváis casados más tiempo que toda mi vida!” exclamé como si hubiera descubierto la pólvora. Desde luego, era ingenua mi reflexión, pero tiene su explicación.
Siempre he visto a mis padres como el núcleo inicial de mi familia, formando un matrimonio sólido, con sus momentos de esplendor y sus pequeñas o no tan pequeñas dificultades, propias de la vida misma y del devenir de los tiempos. Desde que yo recuerdo, les he visto compartir buenos y malos momentos, siempre juntos, a pesar de todo. En todo momento, he dado por hecho que su unidad era indestructible, única y eterna. Nunca me planteé algo diferente. Entiendo ahora que esta solidez ha colmado de seguridad y de felicidad mi infancia, y ha interrogado mi adolescencia y primera juventud. Tener la convicción de que el matrimonio de mis padres es una unidad estable, no exenta de dificultades, me ha hecho entender la profundidad del amor: del amor conyugal que está por encima de las circunstancias concretas de cada etapa de la vida, y del amor paternal que se extiende a los hijos. Y esto lo entiendo mucho mejor ahora, que también soy esposa y madre. Y quizá por eso el pensamiento inicial con el que empezaba esta reflexión.
Me dio un cierto vértigo celebrar 37 años de matrimonio, y no sólo por ser consciente del tiempo pasado, sino sobretodo por anticipar el futuro. En un instante, me trasladé 37 años en el tiempo, e imaginé a mi hijo que todavía hoy es un bebé, a sus futuros y posibles hermanos y mi vida en ese momento, junto a mi marido. Entonces me di cuenta de la cantidad de cosas que pueden pasar, de todo lo que puede cambiar, y reconozco que me entró un poco de miedo. Pensaba en todo lo que ha pasado ya en mi corta vida, y si Dios quiere y esos son su planes, todo lo que podrá ocurrir hasta entonces. Pero es inútil agobiarse por el futuro, que no sabemos si llegará. Lo que es evidente de toda esta reflexión un poco personal, es que el matrimonio, y la familia, hay que cuidarla día a día. No se celebran 37 años de matrimonio, se celebra cada día, cada acontecimiento. El recuento final sólo sirve para engrandecer el hecho heroico de seguir juntos, pero la gran celebración se precisa después de cada batalla, de cada prueba superada, de cada alegría compartida. Día a día, baldosa a baldosa (como decía sabiamente el barrendero de Momo) se va fraguando una historia de amor que dura y se consolida en cada peldaño. Ser fiel durante toda una vida es ser fiel en cada instante, con el pensamiento, con la mirada, con el deseo. Amar con madurez al final de la vida se consigue creciendo juntos en el amor. Dejarse sorprender cada día, admirar al otro, apoyarle en sus necesidades, celebrar cada acontecimiento, perdonarse, hablar sin parar y de todo, rezar juntos.....son algunas claves que he ido escuchando de algunos longevos matrimonios.
Y este convencimiento de que es así la única y mejor forma de amar en el matrimonio, se transmite a los hijos, de forma natural, como se hace con las cosas importantes. Y de repente, cuando ante ellos aparece el amor, surge de forma espontánea lo que han aprendido de pequeños, en su familia, a través del amor de sus padres. Debería ser así siempre, y en todos los casos. Los que hemos tenido la inmensa suerte de vivirlo así, deberíamos adquirir el compromiso de procurarlo también para nuestros hijos, supongo que es cuestión de justicia, o mejor dicho, cuestión de amor.

lunes, 1 de junio de 2009

EL FESTÍN DE LA AMISTAD

El fin de semana pasado tuve la suerte de poder recibir en mi casa a dos buenos amigos. Y digo suerte porque desde hace algún tiempo nos separan unos cuantos kilómetros que dificultan estos encuentros, más frecuentes en tiempos pasados. Y he pensado que en este espacio sobre el amor humano hemos dedicado quizá un tiempo insuficiente a hablar de la amistad, que también en una forma de amor.
A los antiguos, la amistad les parecía el más feliz y más plenamente humano de todos los amores: coronación de la vida y escuela de virtudes. Quizá el mundo moderno haya desvirtuado este valor de la amistad, y la reduzca hoy a simple camaradería. No es fácil tener buenos amigos. No es frecuente tener muchos buenos amigos, a lo mejor porque no es posible vivir intensamente la amistad con mucha gente distinta, no lo sé.
Lo que es innegable es la satisfacción del encuentro en la amistad. Aunque haya pasado el tiempo, aunque hayan cambiado las circunstancias y aparecido nuevos y distintos amores. Los amigos que se encuentran necesitan un solo saludo para saberse amados, en ese misterioso amor que supone la amistad. Es esa sensación de haberse visto el día anterior lo que facilita el encuentro. Los amigos “son”, aunque no conozcan cada segundo de sus historias ni todo resquicio de sus pensamientos. Se es libre y auténtico con los amigos; en la amistad no tienen lugar los formalismos ni los protocolos, simplemente hay que ser, eso es lo verdaderamente importante igual que en otras formas de amor.
Pensando en esto me he acordado de un buen libro del escritor C. S Lewis, muchos de ustedes lo conocerán, se trata de “ Los cuatro amores”. En él habla del afecto, del eros, la caridad y la amistad. Sobre la amistad afirma : “La amistad no es una recompensa por nuestra capacidad de elegir y por nuestro buen gusto de encontrarnos unos a otros, es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de miles de otros hombres; por medio de la amistad Dios nos abre los ojos ante ellas. Como todas las bellezas, éstas proceden de Él, y luego, en una buena amistad, las acrecienta por medio de la amistad misma, de modo que éste es su instrumento tanto para crear una amistad como para hacer que se manifieste. En este festín es Él quien ha preparado la mesa y elegido a los invitados”.
Puede parecernos un pensamiento “excesivamente trascendente” sobre la amistad, pero para un cristiano no existe la casualidad, y no podía ser de otra forma con los amigos. Descubrir la amistad como un don de Dios, nos hace sin duda valorar más esa forma concreta de amar, nos permite ser humildes, generosos, amables, espontáneos....Vivir así la amistad es ser conscientes de la gratuidad del don que tiene que ser cuidado y conservado. Si han tenido experiencia de una buena amistad, sabrán de qué les estoy hablando.

lunes, 4 de mayo de 2009

NO SÓLO SENTIMIENTOS

El mundo de los sentimientos es un misterio, muchas veces inabarcable. Sentimos constantemente: frío, calor, dolor, alegría, tristeza; sentimos el viento, las caricias, los aguijones, el roce de una rosa. Sentimos hambre y sed . Somos seres constituidos por miles de receptores que nos permiten el contacto con la realidad que nos rodea, también a las señales de nuestro propio organismo que nos informa y alerta de nuestro estado y respondemos a esas invitaciones “simplemente” sintiendo. El sentimiento es algo tan sencillo y complejo a la vez como la acción y efecto de sentir o sentirse. También se define como la impresión y movimiento que causan en el alma las cosas espirituales. No sé si aclaramos algo más. Vayamos entonces a la palabra sentir. Según la Real Academia Española de la Lengua, sentir es experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas. Experimentar sensaciones, dos palabras con alto contenido subjetivo, o sea, poco concreto, susceptible de cada individuo, irracional, poco controlable, espontáneo....y etéreo.
Pensarán que me he equivocado de lugar para exponer esta clase de gramática, pero todo tiene su sentido. He pensado estos días en el mundo de los sentimientos, mundo misterioso y complejo, como les decía al principio, y creo que una vez más, la clave está en el significado de la palabra.
Claramente nos movemos en un mundo dominado por los sentimientos. Los sentimientos imperan entre los hombres y dominan sus reacciones y decisiones, sin criba ninguna. El “sentimiento de amor” hacia una persona hace que nos enamoremos al instante y que prometamos amor eterno, sin calibrar otras cosas también importantes. Pero ese mismo sentimiento, sólo así volátil, se transforma en sentimiento de hastío e indiferencia y abandonamos fácilmente la relación. Sentimos tristeza cuando algo que va a suceder no acontece como esperamos, o cuando no tenemos a nuestro alrededor todo lo que quisiéramos, o sufrimos alguna dolencia o incomodidad, y esa tristeza puede anularnos completamente por el puro y “simple” sentimiento. Pero los sentimientos son sólo esos “sentimientos”; por su propia definición: impresiones, percepciones, experiencias a las que hay que otorgarles la importancia precisa. No podemos evitar el sentimiento puesto que es una respuesta inmediata a algo que acontece, pero no podemos ni debemos quedarnos sólo ahí.
Los sentimientos deben primero aceptarse. No podemos tampoco convertirnos en robots fríos e insensibles que no sienten nada. No podemos evitar sentir, es más, tenemos que dejar que toda realidad sensible provoque en nosotros una respuesta. Y tenemos que permitirnos sentirlo, y expresar ese sentimiento cuando sea posible y conveniente. Pero después, en la mayoría de los casos, tendremos que pensar sobre ese sentimiento. Máxime en temas relacionados con el amor, o que repercuten necesariamente en terceras personas. Muchas veces tendremos que analizar nuestros sentimientos, contextualizarlos, centrarlos, ponerlos en el lugar adecuado. Sólo así podremos darles la importancia que merecen y no nos dejaremos llevar por ellos. El sentimiento ocupa un lugar importante en el ser humano, pero no es lo único ni lo primero. Tendrá que ser contrastado muchas veces por la razón y sólo así adquirirá su verdadero sentido. Es importante tener esto en cuenta, para que no sea sólo el sentimiento el que dirija nuestro obrar. Imagínense si por ejemplo la relación con Dios sólo se viviera desde el sentimiento. Aunque las experiencias sensibles en la oración o en otros momentos de especial intimidad son reales, y existen, no son – o por lo menos en el común de los mortales- lo más frecuente. Si la fe y la relación con Dios se vive sólo desde el sentimiento queda vacía y caduca necesariamente. Por el contrario, una vida de fe salpicada por momentos de “real sentimiento de Presencia” y fortalecida en momentos de sequía, madura con el tiempo y permanece. Esto que es fácilmente entendible en un tema tan concreto como el de la fe, ocurre del mismo modo en el amor. Lo que pasa es que en nuestro tiempo, estamos dando al sentimiento un valor que quizá no tenga. Sólo hay que ir a la definición.

viernes, 24 de abril de 2009

UN IMPRESIONANTE ACTO DE AMOR

Todavía estoy impresionada por un video que he visto recientemente en el portal de internet youtube (VEA AQUÍ). Me habló de él una amiga y no me ha defraudado. Les resumo: es un mini-documental de 8 minutos que cuenta, con fotos fijas sucesivas y una voz en off la historia de una familia. Un joven matrimonio que espera la llegada de su hijo, que saben nacerá con una alteración genética que no le permitirá vivir muchos meses. Cada día celebran su cumpleaños, porque cada día es motivo de fiesta y de alegría. Las imágenes son impresionantes, muy delicadas y con una mirada cariñosa sin duda, nada efectistas, ni se regodean en la gravedad del pequeño: un niño con las orejitas un poco más bajas de lo habitual, con aspecto tranquilo, que requiere de una sonda nasal para respirar y en algunos momentos algún que otro dispositivo médico más. Un precioso bebé, sin más, que comparte con sus padres cada día de su sabida corta vida. El día de su muerte, con 99 días, sus padres –acompañados de sus amigos- lanzaron al aire 99 globos de colores, inundando el cielo de colorista alegría. Impresionante, ¿verdad?.
La primera vez que vi el video no me gustó, me pareció una intromisión en la privacidad del pequeño, y una excesiva frialdad de unos padres que se preocupan por inmortalizar cada día de la vida de un niño con una muerte anunciada. Pero conforme pasa el tiempo y de algún u otro modo ese niño vuelve a mi pensamiento me doy cuenta de que detrás de eso hay una gran historia de amor.
El amor de unos padres que esperan a su hijo, aún a sabiendas de que no va a vivir mucho tiempo. Las imágenes del video reflejan que todo estaba perfectamente preparado para su llegada, aunque suene un poco duro, como si fuera a ser un “niño normal”. Muchos de los días que también aparecen reflejados son como los de cualquier otro niño: paseos por el parque, juegos y caricias con sus padres, visitas de amigos y familiares......¿Y por qué no?. ¿Acaso tenía que permanecer “escondido” en un hospital esperando la hora de su muerte? Probablemente eso es lo que de alguna manera se pretenda en esta sociedad que se preocupa de ocultar y evitar la enfermedad y el sufrimiento. Y quizá por eso tenga mucho valor este video, y la idea de sus padres de dar a conocer su historia. En el fondo es la reivindicación del valor de la vida de su hijo, de una vida auténtica, completa, plena, alegre, esperanzada; corta, es verdad, pero hasta su muerte, “como la de un niño normal”. Es la necesidad de mostrar al mundo que su hijo “tenía derecho a vivir”, porque su hijo quería vivir, con ellos, el tiempo que fuera posible. De hecho, según todos los pronósticos, no podría vivir más de 2 meses y superó por poco los 3....toda una hazaña para este pequeño.
Estoy casi segura de que a esos padres les plantearon matar a su hijo. ¿Por qué iban ellos a tener que sufrir? ¿Por qué dar a luz un niño enfermo, que no iba a vivir demasiado tiempo? ¿Qué necesidad había de generar expectativas innecesarias?. Sólo la seguridad del valor de la vida por encima de todas circunstancias puede dar respuesta a estas preguntas. Este niño, cualquier niño con alteraciones genéticas, malformaciones, o cualquier otro problema intrauterino, tiene vida, está vivo, y tiene derecho a vivir. No sé si hablar de la valentía de los padres- que se supone y es motivo de reconocimiento-porque creo que todo es más sencillo. Se trata de amor. De amar al hijo concebido, de amar al propio hijo, de querer para él lo mejor. Un amor sin duda muy grande, generoso; un amor probado; un amor maternal y paternal cuestionado por los que defienden la “selección de la especie”, pero un amor seguro porque es simplemente amor. Sólo se puede amar a un hijo.
Y esta historia coincide con la autorización para seleccionar embriones libres de tumores o enfermedades genéticas. ¡Qué gran contradicción! ¿Se puede amar más a un hijo que a otro?. No lo creo. ¿Se puede rechazar a un hijo por no ser perfecto?. Demasiado duro....
El día que murió el pequeño Elliot, que así se llamaba, lanzaron 99 globos al aire, signo de los 99 días que habían vivido junto a él. Un gesto sencillo, pero cargado de simbolismo. El video relata esta epopeya maravillosa en primera persona y termina con la frase de Job que escogieron sus padres como lema: "Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bendito sea siempre el nombre de Dios".
Probablemente sólo la gente que concibe a los hijos como un Don de Dios, como un regalo, es capaz de vivir y ver así las cosas. Cuando un hijo es un derecho, una necesidad, posesión o capricho una historia de amor tan breve como la de los 99 días sólo puede ser una pesadilla.

lunes, 23 de marzo de 2009

AMAR LA SABIDURIA

Me he enterado de que ha fallecido un viejo profesor de la facultad. De repente muchos recuerdos y la nostalgia de mi etapa universitaria. Así que, si me lo permiten, hoy voy a compartir con ustedes alguno de mis pensamientos ¿por qué no?. Supongo que en un programa dedicado al amor humano visto con ojos de mujer, es más que factible hablar del amor a la sabiduría, con ojos de una estudiante, con el recuerdo de la mirada de un sabio profesor.
Recuerdo a Don Luis María Gonzalo como un hombre mayor. Ya era mayor cuando yo estudiaba. Tenía ese andar tranquilo y seguro de quien ha recorrido muchos kilómetros por el camino de la vida. Aspecto asténico que otros llamarían delgadez, y una ligera cifosis dorsal que le otorgaba ese caminar tan característico. Recuerdo especialmente su sonrisa y su mirada cálida; y recuerdo –con sorprendente nitidez- sus manos que se movían armoniosamente mientras explicaba las distintas partes del cerebro humano. Parece que le veo ahora, en la sala de anatomía de la universidad, rodeado de pipiolos estudiantes de primero de medicina ansiosos por descubrir los misterios del cuerpo humano. Siempre con voz tranquila, casi susurrante, sin alterarse, cogía con sus largos dedos las distintas piezas e iba señalando el cuerpo calloso, el núcleo rojo o el tálamo. Todos le escuchábamos con atención y con un silencio extraño porque sus explicaciones sin duda lo merecían. Era un gran maestro: catedrático de anatomía, aunque no alardeaba de ello; nunca le oí hablar de sus publicaciones ni de sus últimas investigaciones, siempre el trabajo en equipo. Tuve la suerte de colaborar con él más de cerca durante algunos meses de verano y pude comprobarlo in situ. Era todo esto y mucho más.
Y les habla alguien que se considera bastante crítica con sus profesores, pero don Luis Maria era diferente. Era un gran hombre capaz de transmitir el amor a la sabiduría, al hombre, a la medicina. Amor a la sabiduría que es amor al conocimiento y a la verdad. No recuerdo apuntes perfectos de sus clases, pero sé que lo que transmitía era mucho más importante y que de hecho es lo que hoy perdura: el afán por saber, por buscar las fuentes del conocimiento, por preguntarse el porqué de las cosas sin darlas por supuesto, el querer saber siempre más, si eso puede mejorar en algo nuestra pequeña parcela en el mundo. Todo esto con trabajo y esfuerzo, pero sin grandes alardes, mejor en lo escondido, como ha hecho hasta sus últimos días. En sus clases se hablaba de lo fundamental, pero tenía la picardía de despertar en nosotros la inquietud que nos hacía ir después a los libros y descubrir cuantos conocimientos nuevos albergaba esa parte del saber. Y todo esto, con la humildad del hombre sabio platónico, que sabe transmitir su conocimiento a los ignorantes, para que puedan al menos atisbarlo. Sabía mostrar cercanía con la distancia necesaria y adecuada de un maestro. No resulta difícil imaginárselo como a Aristóteles paseando con sus pupilos por la gran cuidad de Atenas. Y ese amor a la sabiduría impregnado de un inmenso amor al hombre y amor a la medicina, adentrándose en la maravilla de la creación desde la embriología humana y en los misterios del cerebro y de los sueños, con la humildad de quien se sabe limitado y superado por un Ser Creador. Un ejemplo en estos días en los que el conocimiento se utiliza de forma perversa para manipular al hombre y erigirse en creador de nuevos seres.
Recuerdo con mucho cariño sus clases en la sala de anatomía y sus magistrales explicaciones y recuerdo con más cariño todavía la delicadeza con la que se preocupó por mí en momentos delicados para mi familia.
No cabe duda de que hay muchas formas de amar, y creo que hoy he descubierto otra en la persona de un gran maestro. El amor al conocimiento y a la sabiduría como forma de vivir el amor al hombre, concretándose de algún modo también en los alumnos que tuvimos la suerte de conocerle, y todo esto, estoy segura, centrado y fortalecido por el Amor de Dios. Descanse en paz.

martes, 24 de febrero de 2009

EL AMOR NUNCA ES UN FRACASO

No es fácil terminar una relación de noviazgo. Sobretodo cuando se ha intentado hacer las cosas bien, cuando se ha querido a la otra persona y cuando el fin ha sido por el convencimiento de que no era el hombre o la mujer adecuada con la que compartir el resto de la vida y el proyecto más apasionante. No es fácil. Más difícil todavía cuando se tiene ya una cierta edad y cuando aparentemente todo parecía ir bien e incluso uno se creía enamorado. Cuando esto ocurre, aparecen la decepción, la duda y el miedo al futuro y a la nueva situación de incertidumbre: ¿habré perdido el tiempo?, ¿qué sentido ha tenido esta relación? ¿podré superarlo?; preguntas al vuelo de cualquier persona en los primeros días tras la ruptura. Un desánimo entendible que a veces paraliza e impide seguir buscando.
Pensando en esto leí el otro día un relato del aviador y escritor de El Principito, Sant Exupery, que cuenta cómo su avión se estrelló sobrevolando los Andes. Tras el accidente, se encuentra solo en mitad de la cordillera, a kilómetros de distancia de cualquier punto civilizado. La temperatura es de muchos grados bajo cero, no tiene comida ni la ropa adecuada para esa situación extrema. Empieza a andar y surge el desánimo, las ganas de abandonar y de dejarse morir. Sin embargo, el recuerdo de su mujer y sus hijos que le esperan en Francia le anima a seguir adelante. La seguridad del amor de su familia le da fuerzas para seguir, y al mismo tiempo el amor que siente hacia ellos le empuja a seguir caminando, “no podía fallar a quienes me aman” dice emocionado al encontrarse finalmente con ellos.
Probablemente no tenga mucho que ver, pero a mí me hizo pensar. Sólo el amor nos lleva a vivir la vida épicamente, a hacer locuras, a emprender los más grandes proyectos, a hacer cosas de las que no nos sentíamos capaces. El sabernos amados nos hace volar más alto, nos conduce a ser mejores personas, en definitiva, nos permite ser más felices. Y no sólo por no fallar a quienes nos aman, si no por esa fuerza extraña que el amor imprime en el alma que ama y se sabe amada.
Por eso, pensaba, ninguna relación de amor puede ser un fracaso. Ningún noviazgo bien planteado en sus comienzos y en el que el amor-cariño-enamoramiento entre las dos personas ha sido sincero, puede resultar en vano. Ya hemos hablado aquí alguna vez del impulso emocional inicial, que tiene que conducir necesariamente a la voluntad de amar al ser amable. Es esa fase inicial de amor emocional, la que nos permite muchas veces descubrir cosas de nosotros mismos que desconocíamos; la que nos permite salir por primera de un yo muchas veces egoísta que se abre desinteresadamente a otro. Otras veces ese enamoramiento nos permite activar “la dinámica del amor”, que nos hace sentirnos vivos para el otro. Y casi siempre, nos permite intuir un Amor más grande al que estamos llamados. Si esto se da en una relación entre un hombre y una mujer, y surge el desequilibrio por alguna de las partes, sin apertura ni posibilidad de crecimiento, es fácil que la ruptura sea la única y mejor solución, sin considerarla nunca un fracaso, sino una oportunidad de crecimiento. La fragilidad emocional de la persona requiere muchas veces de situaciones así para conocerse y descubrirse como un ser capaz de amar, y llamado a un amor exclusivo, indisoluble y eterno. La vivencia anterior de sabernos amados y seres capaces de amar, como en el caso del aviador, nos permitirá seguir avanzando hacia metas mayores, con la confianza de que un “mejor y mayor amor” nos estará esperando.

lunes, 26 de enero de 2009

EL MATRIMONIO ES HUMILDAD

Leía el otro día la ponencia ofrecida por Rainiero Cantalamessa en torno al VI Encuentro Mundial de las Familias que se ha celebrado en México. No tiene desperdicio, es asombrosa la visión que da del matrimonio y de la intimidad conyugal. Les animo a que si tienen un rato disfruten con su lectura. Entre las distintas reflexiones, me quedo con una para compartir con ustedes esta noche acerca de la humildad, y el matrimonio. “El matrimonio nace bajo el signo de la humildad; es el reconocimiento de dependencia y por lo tanto de la propia condición de criatura. Enamorarse de una mujer o de un hombre es realizar el acto más radical de humildad”. Sorprende leer esta frase en un mundo defensor a ultranza de la autonomía y de la independencia, que defiende el individualismo en el matrimonio para conseguir la autorrealización personal. Entre los jóvenes se rechaza la idea del matrimonio entre otras cosas porque supone una mal entendida renuncia a uno mismo, para pasar a depender de otro, en las decisiones más triviales y también en las que van configurando a la persona. Por eso en parte se retrasa el compromiso. Y la lectura iluminada desde la trascendencia y el proyecto de Dios es radicalmente opuesta: es necesario un acto de humildad. Primero para enamorarse, para aceptar que ya no eres sólo tú, es más, para constatar cada día que tu felicidad ya no depende de ti, si no del otro; para ser consciente de que ya no eres tú si no un yo en relación con otro; para –como también afirmaba el padre Cantalamessa “hacerse mendigo y decirle al otro: “No me basto a mí mismo, necesito de tu ser””.

Algo de esto intuía el poeta Pedro Salinas en sus versos:

Que alegría vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio
”.

Una vez más el arte nos permite abrirnos a una dimensión trascendente y nos da otra clave en relación con esto: la alegría. Sentirse amado, necesitado del amor exclusivo de alguien, sentirse pobre mendigo que necesita de otro para mirar el mundo o decir las mejores palabras, sólo puede ser fuente de alegría. Aunque cueste un poco entenderlo, vivir con humildad el amor nos hace salir de nosotros mismos, de nuestros pensamientos, de nuestras decisiones y de nuestros proyectos, para abrirlos a otra realidad más grande que es el otro, persona amante y al Otro, ser superior, fuente del Amor más grande. Nos sitúa en nuestra verdadera realidad de seres incompletos, que necesitan de “algo más” para alcanzar la plenitud. Y este es, según el predicador de la casa pontificia, el sentido del amor conyugal, “revelar el verdadero rostro y el objetivo último de la creación del hombre varón y mujer: el de salir del propio aislamiento y “egoísmo”, abrirse al otro y, a través del éxtasis temporal de la unión carnal, elevarse al deseo del amor y de la alegría sin fin”.

jueves, 8 de enero de 2009

DONAR LA VIDA

Dentro de pocos días celebraré los doce años “más” de vida de un familiar muy cercano gracias a un transplante de corazón, después de tres meses de ingreso y espera en situación límite. No sé si entonces fui del todo consciente de la grandeza de lo que allí ocurría, pero cada año desde entonces, en torno a esta fecha, vuelvo a pensar en el milagro que ocurrió. Sigo dando gracias a Dios con la misma intensidad que el primer día por la generosidad de los donantes (que por circunstancias extremas fueron dos) y sigo acordándome especialmente de las familias de los fallecidos, que tan generosos fueron en un momento difícil. Nada de esto es fácil, y desde luego, nada de esto es posible sin amor. Juan Pablo II, con ocasión del XVIII Congreso Internacional de la Sociedad de Trasplantes definió la donación de órganos como un auténtico acto de amor. En relación a esto afirmaba que “toda intervención de trasplante de un órgano tiene su origen generalmente en una decisión de gran valor ético: "la decisión de ofrecer, sin ninguna recompensa, una parte del propio cuerpo para la salud y el bienestar de otra persona. Precisamente en esto reside la nobleza del gesto, que es un auténtico acto de amor”. Mucho se está avanzando en la práctica médica para que intervenciones tan especiales se lleven a cabo con las máximas garantías para el donante, y desde luego, no existe ningún problema moral a este respecto, siempre y cuando se realicen con rigor científico y ético. La gratitud y el respeto al equipo médico que lleva a cabo esta cirugía tan complicada se convierten casi en amistad, y resulta gratificante también para ellos ser partícipes de los nuevos episodios de la historia de sus pacientes.
Pero los verdaderos héroes son los donantes, y me gustaría pensar que están todos en el cielo. Son personas anónimas, casi siempre jóvenes, que donan gratuitamente parte de su ser corporal para que otros puedan seguir viviendo. Los donantes y sus familiares, que son los que en esos momentos tan complicados tienen la última palabra sobre la donación. Entiendo que la muerte de un ser querido es un momento de tristeza y de separación dolorosa, y es precisamente entonces cuando tienen que decidir qué hacer con los órganos del difunto. Esta decisión tan importante, sólo puede explicarse desde la generosidad, desde un auténtico acto de amor que es capaz de desprenderse de parte de un cuerpo que será efímero para que siga siendo útil y vital en otra persona. Es el máximo desprendimiento, porque implica desprenderse de parte de uno mismo. En este mundo de la posesión, adquiere un especial significado tanta generosidad. Generosidad motivada por el amor, amor a la vida. Como decía Juan Pablo II en el discurso del mismo congreso antes citado, “entre los gestos que contribuyen a alimentar una auténtica cultura de la vida merece especial reconocimiento la donación de órganos, realizada según criterios éticamente aceptables, para ofrecer una posibilidad de curación e incluso de vida, a enfermos tal vez sin esperanzas.” Y terminaba asegurando que “es preciso sembrar en el corazón de todos, y especialmente en el de los jóvenes, un aprecio genuino y profundo de la necesidad del amor fraterno, un amor que puede expresarse en la elección de donar sus propios órganos”. Queda tarea por delante, el trabajo de seguir defendiendo y amando la vida, expresado de múltiples modos en nuestros días. A todos los que hacen posibles tantos milagros: ¡Gracias!.

lunes, 15 de diciembre de 2008

AMOR ENCARNADO

A las puertas ya de la Navidad, todas las calles se llenan de luces, de buenos sentimientos y de halagüeños deseos para el próximo año; los escaparate están llenos de regalos adornados con lazos y papeles de celofán. Estos días, hasta en los ambientes más laicos y paganos, se habla de ternura y de amor. Amor pasajero y fugaz, que terminará en el mejor de los casos tras la llegada de los reyes magos. Amor vacío y efímero como las burbujas del champán. Amor de papel en christmas de serie. Amor con minúsculas, que no conoce el verdadero mensaje de la Navidad.
Y en este programa sobre el amor humano tiene mucho sentido que hablemos de la Navidad, porque es manifestación del mayor Amor que podamos imaginar.
En Navidad celebramos el nacimiento de Dios que se encarna, haciéndose hombre como nosotros, para salvarnos. Celebramos el acontecimiento real de la venida del Señor en carne mortal. Celebramos la concreción y la culminación de la Esperanza que vivimos en Adviento. Celebramos al Amor encarnado, el Amor humano pleno, definitivo y eterno, que es al mismo tiempo amor divino. Celebramos el Amor en Navidad porque al contemplar al Niño, adoramos a un Dios que viene a la tierra para anunciarnos una buena noticia.
Si nos quedáramos sólo en observar al Niño recién nacido y a sus jóvenes padres en el establo de Belén, en muchos de nosotros se despertaría la ternura, para otros sería quizá signo de la injusticia de la sociedad y los más osados se rebelarían contra la pobreza y las desigualdades de este mundo. Trasladado al momento actual se trataría una familia sin muchos recursos que no es aceptada en el pueblo al que llegan, por extraños y extranjeros. Estarán de acuerdo conmigo que no es precisamente la estampa idílica para proclamar el amor. ¿Por qué entonces celebramos la Navidad?
Si la Navidad habla de amor y es motivo de celebración es precisamente por todo lo que hay detrás de esa familia de Nazaret, que acoge en su seno al Hijo de Dios. Que ese Niño nazca es fruto del Amor inmenso de Dios a los hombres, que entrega a su propio Hijo para el bien de la humanidad. Si nace el Niño es gracias a la generosidad de su Madre, que le acoge con un gran Sí, y le cuida y protege hasta entregarle de nuevo a toda la humanidad. Que nazca ese Niño es gracias al buen hacer y la compresión de su padre José, que respeta y acompaña a María en esta tarea encomendada desde lo alto.
Pero hay más; si la Navidad habla de Amor es porque detrás de ese Niño hay una historia de entrega, de amor por los más pobres y necesitados, de acogida de los enfermos y de los débiles, de sacrificio y ofrecimiento de toda su vida. Lo que ocurre en Belén es el hecho puntual de toda una historia de Amor, pensada desde el principio de los tiempos por Dios para la salvación del hombre, y que culmina con la muerte y la resurrección del Hijo de Dios, ese Niño nacido en el portal. La Navidad no sería lo mismo si la historia terminara en el pesebre. Por todo esto me resisto a que no se hable de la auténtica Navidad, que no se proclame la verdadera historia de amor que se encierra en este misterio. Cuando los cristianos celebramos la Navidad, celebramos ese misterio, y desde ahí anunciamos la buena noticia de que es posible la salvación para el hombre. Dios ama al hombre en cualquier circunstancia, más allá de su debilidad, y por eso quiere para él una vida mejor en la eternidad, por eso anuncia un amor mayor que vence el mal. Atrevámonos estos días a anunciar el verdadero sentido de la Navidad. A celebrar el amor de Dios encarnado. Y a vivir desde ahí el auténtico y verdadero amor, más allá de las luces y los brindis de champán. ¡Feliz Navidad!

viernes, 28 de noviembre de 2008

TENER UN HIJO O SER MADRE

Perdonen mi ausencia de este último mes, pero como han podido adivinar por la nueva foto de portada de este espacio bloggero, ha nacido Javier, mi primer hijo. Los primeros días han sido agotadores: al susto inicial por la llegada de un nuevo ser, se une el cansancio provocado por el sueño fraccionado necesario para las tomas del pequeño. Si me permiten este atrevimiento, nada más lejos de la imagen idílica que nos intentan vender en algunos ámbitos sobre la maternidad.
Como toda madre primeriza, he acudido a charlas sobre lactancia materna y cuidados del bebé y tengo que reconocer que no me convencieron del todo. Presentaban la maternidad como un momento especial de la mujer, un momento único, buscado y organizado para satisfacer un “derecho”: el de ser madre. Desde esta perspectiva, el nacimiento de un hijo supone para la mujer un momento especialmente introspectivo en el que la intimidad que se vive con el bebé sólo busca satisfacer su propia afectividad. La sociedad de hoy presenta la maternidad como una etapa elegida en la vida de la mujer, preparada minuciosamente en el ámbito laboral y personal, para satisfacer el deseo de ser madre, sin tener en cuenta la auténtica realidad de un hijo. Así se entiende que se hable de la lactancia como una experiencia placentera semejante al placer sexual, o que durante el periodo de crianza lo único importante es cuidar de una misma y del bebé, procurando más o menos que todo el mundo esté al servicio de la madre. También así se explica que tenga que ser un momento idílico, perfecto y único, incluso si la vivencia es otra, “porque todo el mundo espera que sea así”. Y es lógico que sea así cuando se ha esperado y programado tanto. No permitimos que sea una experiencia frustrante. Una vez más, entramos en el mundo de los “derechos adquiridos” que nos regala este tiempo moderno: el derecho a ser madre feliz, exigiendo para eso toda clase de recursos personales y materiales. Conste que la maternidad me parece un momento único y precioso, más aún cuando está cargado de realidad y las cosas no son aparentemente tan bonitas ni fáciles como nos hacen creer. Criar a un niño no es fácil, vivir continuamente en constante esfuerzo hacia el otro es exigente, más aún cuando es un ser tan indefenso. Cuidar de un bebé, desposeyéndose en cada momento de él, sabiendo que es un ser diferente a uno mismo, pero necesitado de todo cuidado, resulta a veces abrumador.
Pero algo me dice que esto es el verdadero amor hacia el hijo recién nacido. La recompensa, si se puede decir así, no es tanto la satisfacción personal que en un momento dado pueda reportar, como la garantía absoluta de que es un ser que ha sido gratuitamente donado para que tenga vida. Y su propio crecimiento es alegría. Y su buen desarrollo es lo que colma de felicidad a los padres, más allá de las malas noches y de los malos momentos. Tener la tranquilidad de que es alguien que por su propia esencia nos supera en grandeza, otorga la libertad de quererle por encima de las circunstancias y los sentimientos personales. No se trata de lo que el bebé aporta a la madre, sino de todo lo que la madre tiene que hacer por el hijo, incluso cuando no haya ningún tipo de recompensa afectiva. Y pienso que ahí está la auténtica satisfacción para una madre y creo también que esta actitud hace crecer el amor a los hijos. Se les quiere por lo que son y no por ser el producto de un capricho, perfectamente planificado y programado. Como recordaba hace años el Cardenal Ratzinger hay que volver a recibir a los hijos como un don, como un regalo de Dios, nunca como un capricho de los progenitores.

viernes, 3 de octubre de 2008

AMOR FECUNDO

Recuerdo que unos días antes de casarme, discutíamos en casa de unos buenos amigos sobre el “aprovechad ahora” que tanta gente nos repetía en esos días previos al enlace. Con la mejor de las intenciones, compañeros de trabajo, familiares y amigos nos recomendaban: aprovechad ahora que sois novios, aprovechad vuestra vida de recién casados, aprovechad ahora.....mientras no tengáis hijos, que luego cambia todo. Este era el mensaje más o menos explícito que estaba en tales deseos imperativos. Los más osados se atrevían a seguir animándonos a “esperar” un tiempo hasta la llegada del primer hijo, por aquello de disfrutar “en solitario”de nuestro reciente amor, sin dejar que nadie pudiera perturbarlo. Y no les negaré que esta propuesta puede resultar atractiva, sobretodo cuando el amor hacia el cónyuge parece en ese momento la forma más grande, exclusiva y libre que uno ha sido nunca capaz de vivir y disfrutar. Pero está claro que eso no es auténtico amor, o por lo menos, no amor en plenitud.
El acto sexual como expresión única del amor conyugal tiene inscritos dos significados indivisibles: el unitivo y el procreador. Ambos son inseparables y constituyen la única expresión del verdadero amor humano y conyugal. Siendo muy consciente de la responsabilidad en la procreación o lo que es lo mismo, de la paternidad responsable de la que tantas veces ha hablado nuestra madre la Iglesia, parece evidente que un matrimonio que se quiere de verdad, y siempre que la fisiología lo permita, tenga hijos en un tiempo más o menos corto, es decir, cuando Dios quiera y haya proyectado para el mejor desarrollo de su vocación matrimonial y familiar. Por eso, la fecundidad es una dimensión intrínseca del amor, y por eso, confiar en Dios en esta misión de cooperar en la creación otorga al amor otro nivel, y mayor libertad.
Hace algún tiempo leí una frase que afirmaba “En cuanto que éste tiende a la eternidad, el amor no se agota en los esposos sino que se encarna y prolonga en los hijos. La fecundidad de los esposos inmortaliza en cierto modo el amor humano”. Y esto clarifica todavía más este tema de la fecundidad. Cuando, según el designio de Dios, un hijo llega con premura al espacio vital de un matrimonio, cabe pensar –de forma legítima y entendible-, que pueda suponer una limitación para el amor conyugal todavía en sus inicios, que puede dificultar la comunicación o llegar incluso a entorpecer la vida familiar. Comprenderán conmigo que es éste un pensamiento erróneo. Es evidente que la llegada de un hijo cambia muchas cosas, muchas actividades concretas: ordenando o estructurando horarios, acortando los ratos de sueño, reorganizando los encuentros sociales....pero todo eso son minucias o al menos aspectos de menor importancia. La llegada de un hijo no deteriora ni perjudica el amor conyugal, es más, un hijo nacido del amor, plenifica e intensifica el amor conyugal y abre nuevas vías al amor familiar. Vivir el amor conyugal como entrega, lleva necesariamente al amor compartido de forma generosa para con el hijo. Es amor desbordado del amor entre los esposos. Ser conscientes de esto y compartirlo cada día sólo puede hacer crecer el amor, intensificarlo, darle fuerza, llevarlo a plenitud. Y esto desde la concepción, desde el momento inicial del ser humano, desde la fecundación. El embarazo y el desarrollo del niño en el vientre materno es parte también de este amor entregado y compartido.
Por eso, no tengamos miedo a que nuestro amor sea fecundo, porque sólo así, será amor eterno.

jueves, 25 de septiembre de 2008

SOMOS UN PENSAMIENTO DE DIOS

Quisiera empezar hoy dándoles una buena noticia, que quizá alguno de nuestros fieles oyentes o lectores ya conozcan. Desde hace 34 semanas espero, con gran ilusión compartida con mi marido, el nacimiento de nuestro primer hijo. Si Dios quiere nacerá a principios de noviembre, aunque parece que quiere asomar antes su cabecita en este mundo. A pesar de algún contratiempo, está siendo un buen embarazo, gracias al cual desde hace un mes mi único cometido es descansar, haciendo reposo, para que el pequeño crezca dentro de esta incubadora natural, que se le ha dado como primera cuna. Como podrán comprender, he tenido tiempo para muchas cosas, y cómo no, para pensar sobre la vida, sobre el gran misterio de la vida. Y sorprendentemente durante este tiempo en la radio, en la televisión y en todos los medios de comunicación, he oído hablar sin parar del aborto y de la eutanasia como derechos “humanos” regulables por ley.
Lanzo por ello mi compromiso de proclamar desde estas ondas el milagro de la vida y el reto de amar la vida en cualquiera de sus momentos, circunstancias y manifestaciones.
Empiezo, de forma breve ya y como no podía ser de otra forma con el amor a la vida de los no nacidos, de los niños que se van formando en el vientre de sus madres. Y les hablo desde la experiencia de una madre primeriza.
No es evidente “sentirse embarazada”, inicialmente sólo las líneas de un predictor anuncian la buena noticia. Sin embargo, basta la primera ecografía (habitualmente en la semana 12 de gestación y puede ser incluso antes) para ver y escuchar el latido inquieto del corazón de una vida independiente que ya habita en el útero materno. Desde ese momento es difícil pensar que sólo son un grupo de células. La tentación está –creo yo-, en considerar que ese conjunto celular con forma de humanoide nos pertenece, por ocupar un espacio de otro cuerpo, en lugar de considerarlo una persona independiente y única. La posesión, ahí está el problema: considerar como un derecho el don de un hijo y sentirnos capaces de decidir sobre él, como alguien sobre el que podemos actuar. Queremos controlar nuestro cuerpo y por eso intentamos dominar todo lo que en ello ocurra, hasta la vida de un ser que milagrosamente ha encontrado un sitio donde implantarse para poder seguir creciendo y desarrollándose.
El Papa Benedicto XVI dijo en una de sus homilías “No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario”. Como hacía el Principito, repetiré la frase para recordarla:“Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario”.
No me negarán que es una imagen preciosa: somos el pensamiento de Dios; la acción creadora de Dios, de la que el hombre y la mujer, unidos en matrimonio y por el amor conyugal, son inmerecidamente partícipes. Acción creadora compartida que se concreta en un pensamiento del que surge, desde el Amor, una nueva criatura, necesaria para el curso de la historia. Nacemos por el Amor de Dios y por el amor de nuestros padres, desde el primer instante, somos amados en nuestra individualidad y en nuestra diferencia. Que un embrión necesite de los nutrientes y de la protección de la madre, no quiere decir que sea parte de su cuerpo, dicho más claro, que necesite de otro cuerpo para crecer no le permite a éste decidir sobre su vida o muerte. Les aseguro que es fácil de comprender después de haber visto en las primeras semanas de vida a un embrión en el útero materno, aunque muchos quieran negarlo.
El amor a la vida tiene que ser desde el instante de la creación, desde ese momento en el que un pensamiento de Dios, nacido del amor, se transforma en un grupo celular, potencial necesario para ser alguien, una gran persona.

lunes, 22 de septiembre de 2008

CUIDARSE PARA CUIDAR

Si tuviera que empezar esta reflexión con un título como reclamo creo que éste sería el más adecuado: “Cuidarse para cuidar, una forma especial de amar”. Esto es lo que les propongo para esta noche, después de haber estado pensando varias veces en este titular en los últimos días.
La cultura tradicional occidental (quizá por un mal entendido “sentido del sacrificio” y de la voluntad), ha antepuesto en muchas ocasiones la salud propia a realidades tales como el trabajo, los compromisos, o la necesidad de aparentar salubridad en este mundo donde la enfermedad y la debilidad son vistas como un mal. Se considera un trabajador ejemplar el que acude al puesto de trabajo con fiebre o el que renuncia a sus vacaciones y a su tiempo privado (necesario para cultivar otras dimensiones propias del hombre) por el crecimiento de la empresa. Quede claro que no estoy en contra de la responsabilidad laboral ni de esforzarnos por no ser mediocres ni pusilánimes. Y que entiendo, como mujer que trabaja, que hay momentos en los que el trabajo requiere una dedicación superior que es necesaria para el desarrollo profesional. Pero todo esto no debe anteponerse nunca a lo fundamental. También me gustaría aclarar que no hago aquí referencia a las personas que ponen en riesgo su salud o su propia vida por ayudar a los demás, por un ideal mayor y trascendente.
Está claro que para cuidar a los demás es necesario estar bien. Y que cuidar adquiere un sentido amplio que incluye la salud y las necesidades básicas, el bienestar psicológico y el cuidado espiritual e incluso todo lo relacionado con el acompañamiento y el “estar”. Hablando de esto me imagino a un padre cuidando a su hijo enfermo, y a una hija asistiendo a su padre anciano. También a la madre que vela por apoyar la débil fe de su hijo y a los novios que se cuidan en sus manifestaciones de afecto. Como ven: un panorama amplio y variado, todo ellos formas admirables de cuidar.
Y llegamos al quid de la cuestión , que sería el cuidarse. Cuidarse en lo físico y también en lo espiritual. Cuidar el aspecto externo, que es nuestra forma de presentarnos al mundo, sin obsesiones estúpidas; cuidar la salud en todas sus dimensiones, también las relativas a los excesos y los vicios no controlados, prevenir riesgos cuando sea necesario. Cuidar la vida interior, fomentando y procurando las virtudes. Todas estas son formas de cuidarse, que distan mucho de la autocomplacencia del yo tan defendida en nuestros días. Y para esto, para cuidarse, hay que dedicarse tiempo, vivir la humildad y reconocer las propias limitaciones humanas, muchas veces impuestas por la enfermedad o la debilidad física. Aceptar los consejos de las personas que están a nuestro alrededor y nos quieren y de los profesionales que pueden atendernos en un momento determinado, y rezar, confiando en Dios en todo momento y pidiendo luz para discernir en momentos de decisión. Todo esto es necesario para cuidarse adecuadamente. En este punto es cuando descubrimos que somos así más capaces de cuidar, de atender al que está cerca, de asistir, de acompañar. Cuando nuestro cuerpo y nuestro espíritu gozan de “buena salud”, somos capaces de más. Me lo decía mi hermano que estos días está en Tanzania colaborando con las hermanas de la madre Teresa de Calcuta: “es impresionante - me confesaba emocionado- cómo trabajan y con qué alegría, aquí a nadie le falta nada. Pero más impresionante es cómo viven: antes de empezar la jornada rezan durante más de una hora y celebran la Eucaristía, como primera tarea fundamental, y cuidan –sin grandes lujos- el alimento y el descanso. Saben que sólo así son capaces de servir”. Y nadie duda de la capacidad de amar de estas religiosas.
Cuidar a los demás es una forma especial y concreta de amar, y por eso mismo, cuando nos cuidamos nosotros mismos con este fin, también –aunque de forma indirecta-estamos amando a los demás. Sólo así el tiempo dedicado a nosotros mismo beneficia a los demás, sólo así evitamos el egoísmo y el egocentrismo. Nos cuidamos porque estamos llamados a amar mejor. Somos más capaces de cuidar y de amar.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

ATRACCIÓN A PRIMERA VISTA

He seguido dando vueltas al tema que nos ocupó en la última intervención después de una conversación muy interesante suscitada después de lo comentado. Para los que no pudieron escucharnos, o para refrescar la memoria de nuestros oyentes después de esta pausa, hablábamos de si era posible el amor a primera vista y concluíamos diciendo que era posible la atracción a primera vista, pero el amor, entendido en toda su plenitud, requería además de un tiempo de conocimiento y de profundidad y de una disposición personal para compartir un proyecto eterno. Pues bien, con todo esto como fondo de una conversación, alguien lanzó al ruedo la palabra impulso. Y desde aquí empiezo mi reflexión de hoy.
El impulso es según la Real Academia Española de la Lengua “el deseo o motivo afectivo que induce a hacer algo de manera súbita, sin reflexionar”, y esto es lo que dirige la atracción inicial, el mal llamado “amor a primera vista”. Precisamente porque habla de deseo y de afecto, “sin más”, y ocurre de forma imprevista y súbita, sin tiempo para razonar ni plantear nada más. He aquí otro argumento para afirmar que no es posible ese tipo de amor. Sin embargo la conversación no terminó ahí. Quien lanzó esta palabra era un firme defensor del amor a primera vista como forma inicial y necesaria para llegar al verdadero amor. Según defendía, siempre es necesario un impulso inicial, una atracción, una tendencia natural, un “ir hacia”. Los motivos primeros pueden ser múltiples y muy variados, bien de tipo intelectual o espiritual, o bien referentes a la estética y la belleza. Camino inicial necesario para llegar a alguien. Pero continuaba en su reflexión afirmando que ese impulso inicial se tenía que transformar en impulso “de otro tipo” que curiosamente también recoge el diccionario acerca de este término, y que hace referencia a la “fuerza que lleva un cuerpo en movimiento o en crecimiento”.
Y aquí es donde está la novedad y este el impulso que muchas veces se nos olvida. Conocer a alguien que atrae, desde los afectos más primarios o desde el puro intelecto, tiene que servir de motor para seguir creciendo. Es la fuerza que tienen los héroes en las batallas por conseguir la tierra deseada, o los grandes santos en sus empresas. Un hombre enamorado, afectivamente atraído por una mujer, tiene una fuerza especial para transformar el mundo que le rodea, empezando por su propia persona. Y es ahí donde misteriosamente se forja el amor, en ese proceso de conocimiento que sólo puede ser crecimiento. Y es así como necesariamente tienen que surgir temas profundos de conversación, porque es ahí donde se juega el futuro. Por eso, el amor no puede quedar estancado en una camaradería como comentábamos el otro día. Tiene que exigirse cada vez más, tiene ahondar en la espiritualidad y en la visión trascendente de los que se aman, tiene que proyectar el futuro utilizando las mismas coordenadas, tiene que permanecer siempre abierto y dispuesto a cambiar.
Atracción a primera vista, impulso inicial, conocimiento, ¡impulso! como fuerza transformadora y así, camino del Amor. Y en este camino puede ocurrir, como muchas veces ocurre, que una de las partes no quiera seguir caminando, que prefiera conformarse con un “amor a medias”, o un “amor simplemente afectivo” y es entonces cuando puede surgir la duda. Pero eso es lo bueno y lo propio del noviazgo: ser conscientes del amor al que somos llamados de forma radical y absoluta, y ver qué amor (es difícil hablar de “grados de amor”), somos capaces de alcanzar con la persona elegida. El impulso inicial tiene que ayudar a descubrir las dos realidades que se ponen en juego, para saber si pueden seguir caminando juntas eternamente.
“La fuerza que lleva un cuerpo en movimiento, o en crecimiento”, eso es el impulso. Los saltadores de pértiga cogen impulso para saltar la mayor altura, del mismo modo que ellos, nosotros debemos aprovechar el impulso inicial del enamoramiento o la atracción para alcanzar el verdadero Amor.

sábado, 13 de septiembre de 2008

AMOR A PRIMERA VISTA

¿Es posible el amor a primera vista?. Si nos centramos en analizar lo que se presenta en los medios de comunicación a través de las películas y las revistas mal llamadas del corazón, parece evidente afirmar que sí. Fulanito conoce a Menganita en una fiesta y aparecen posando locamente enamorados. Chico se encuentra con chica en un comercio y siente un fogonazo que le lleva a buscarle hasta los confines del mundo.... Parece romántico.
Quien les habla tuvo una historia sorprendente, y quizá desde fuera pueda parecer similar a esto que les cuento: conocí a quien hoy es mi marido en la boda de unos amigos. Hablamos durante un buen rato y hasta compartimos un café. Nos despedimos sin permitirnos ninguna posibilidad de contacto y dos meses después coincidimos buscándonos el uno al otro, utilizando como excusa una excursión y un e-mail. Nuestro siguiente encuentro sirvió para confirmar la sospecha inicial de que nuestras historias podían empezar a coincidir a partir de ese preciso instante, pero nuestra torpeza y el miedo inicial hicieron que retrasásemos el comienzo “oficial” de nuestro noviazgo. Sin embargo recuerdo ese tiempo como de especial intensidad. No sé cómo lo verán ustedes, pero yo no considero esto un amor a primera vista. O por lo menos no en los términos entendidos hoy en día.
Perdonen que “me utilice” como ejemplo, pero es lo más cercano que tengo. Nuestro primer encuentro abrió la posibilidad de conocernos, y ambos intuimos una persona interesante en nuestro con-tertulio. En esos primeros minutos hablamos del matrimonio (la situación lo facilitaba) y de la felicidad. Dos puntos importantes que permitieron atisbar nuestros anhelos y proyectos. Reconozco que no hubo una fuerte atracción física inicial, ni siquiera una camaradería que pudiera despertar sospechas, pero habíamos hablado de aspectos profundos e interesantes y eso había despertado nuestra curiosidad.
Cuando hoy se habla de amor a primera vista, se entiende más bien el amor suscitado por la atracción física, muchas veces vacía de nada más. Creo que es difícil el amor a primera vista, entendido como ese amor arrebatador que anula una persona en relación a otra, sobretodo porque creo que el amor hay que cultivarlo y como tal, sembrarlo, regarlo, podarlo y cuidarlo para poder recoger sus frutos. Si el amor se queda en la atracción inicial (necesaria por otra parte) y no madura no es verdadero amor, o por lo menos amor entendido en términos humanistas cristianos, y ahí está el problema de esta sociedad. He tenido estos días un par de conversaciones con personas que me hablaban de su relación de noviazgo, que definían como “estancada” y sin posibilidad de mejora. Y me he entristecido. En ambos casos hubo una aproximación inicial con una cierta atracción y sucesivamente un compañerismo que les lleva a realizar actividades comunes en el tiempo libre, compartir hobbies, acudir juntos a reuniones familiares y hasta pensar en un futuro común. Poco más. Y creo que aquí está el problema. Cuando el amor “nace” a primera vista hay que cultivarlo para que crezca. Y es importante en este punto hablar de las cosas importantes: de la fe, de la visión del mundo y de la eternidad, del proyecto de familia, del modo concreto de vivir el compromiso con la sociedad en todos sus ámbitos, de la búsqueda de la felicidad, del dolor y el sufrimiento, de las relaciones personales, de los proyectos e ideales....en definitiva, de todo lo que configura nuestro ser. Y si esto no se aborda con la suficiente seriedad, a veces no es posible el amor de verdad.
Sabiendo que hay alguna admirable excepción, me atrevería a afirmar que si no hay coincidencia en estos puntos fundamentales, o al menos apertura para sorprenderse y abrirse a estas realidades, desde el respeto y la búsqueda por encontrar puntos comunes, será muy difícil vivir el amor en plenitud, o por lo menos en la plenitud propuesta por el cristianismo.
Por eso creo que existe “la atracción a primera vista” pero hablar de amor es algo más serio que quizá requiera –como los buenos guisos- de tiempo de cocción. Un tiempo en el que habrá que ir añadiendo ingredientes y removiendo, para que adquiera el buen sabor de las cosas bien hechas.