jueves, 19 de noviembre de 2009

¿COMPAÑERO?

Escuchaba ayer en un programa matinal de radio una afirmación que me chirrió mientras la oía. Hablaba una mujer de mediana edad sobre el mundo afectivo de los ancianos, refiriéndose especialmente a las mujeres, y aseveraba: “las personas mayores necesitan un compañero; a esa edad no estamos hablando ya de amor o sexo, sino de tener un compañero”. No fue una afirmación casual, porque repitió la misma día idea varias veces y por supuesto volvió a sonar la palabra compañero en esos minutos radiofónicos. Sinceramente, no lo entiendo. Me imagino un compañero para jugar al mus o para salir a caminar hasta la ermita del pueblo. Compañero también de tardes en el club de jubilados o de cafés vespertinos, pero compañero ¿compañero?. Espero no tergiversar lo que se comentó en aquel programa, pero creo no ir muy desencaminada cuando se refería al compañero como a una persona única, del sexo opuesto, que “acompañe” en la vida diaria a una persona concreta, en este caso de edad avanzada, anciana. Entiendo que se tratará entonces de una “pareja” un “novio” o un “amigo”, en cualquiera de los tres casos algo con lo que no estoy completamente de acuerdo.
Me viene al pensamiento un comentario que hizo un día mi abuela mientras paseábamos por un parque vallisoletano y vimos a un grupo de ancianos bailar por parejas y a una animadora que gritaba por un micrófono algo así como: “¡venga, no sean vergonzosos, y saquen a bailar a las mujeres!”. Yo era todavía pequeña, pero me acuerdo perfectamente que mi abuela dijo :¡se han creído que somos unos jovenzuelos!. Entonces ella era viuda ya y no entendía como podían bailar y coquetear ancianos de setentaymuchos años. Que nadie se sienta ofendido por esto, que me parece muy sano y saludable querer bailar y conocer a gente a cualquier edad de la vida, pero no me negarán que en todo esto hay algo que huele a chamusquina. Estamos queriendo dar a nuestros ancianos lo que los jóvenes queremos que quieran, y les sumergimos casi siempre en un modo de vida que no entienden, o en la que muchos se ven obligados a vivir sin otra alternativa. ¿Es necesario que una mujer viuda a los setenta años, en perfectas condiciones físicas y mentales tenga un “compañero” para vivir mejor su ancianidad?. Rotundamente no. ¿Hace falta preparar “juegos de adolescentes” para entretener a un grupo de ancianos que se reúne cada día en el club social de su barrio? Creo que no. La ancianidad es un momento único en la vida de las personas que merece todo el respeto. En esa etapa de la vida, con toda la experiencia acumulada, y con la madurez adquirida por el paso del tiempo, no creo que sea justo reducir sus necesidades afectivas a la presencia de un “compañero”. Las personas mayores, como todos, necesitan sentirse queridas y querer a los que les rodean. Y creo que hay muchas y muy distintas formas de vivir esto. Algunas volcaran este amor en su mujer o marido, que es mucho más que un compañero. Los que ya hayan perdido al cónyuge buscaran consuelo y compañía en los hijos, hermanos, sobrinos o amigos. Algunos, los más solitarios, podrán dedicar su tiempo a labores sociales en las parroquias, con los propios amigos, entregando su tiempo a los demás: ese tiempo que tantas veces les ha faltado en la juventud; y probablemente también así se sientan muy queridos y acompañados. Por supuesto que hablamos de amor en las personas mayores, fundamentalmente de amor; porque con el paso del tiempo –casi siempre- han aprendido lo fundamental y sólo ellos saben hablar y vivir un amor maduro, sereno, curtido por la vida. Hablar de compañerismo es reducir la afectividad de los mayores a la etapa de primera infancia, donde los niños del colegio comparten sus horas de juego con los compañeros. No creo que se trate de eso. Respetemos a nuestros ancianos, aprendamos de ellos y sobretodo, querámosles mucho.

jueves, 5 de noviembre de 2009

ESPERAR PARA CASARSE

Como muchos de nuestros fieles lectores habrán percibido, muchas de mis reflexiones son suscitadas por pequeñas historias que acontecen en el día a día. La última de ellas este pasado fin de semana. Hablaba con una amiga sobre el matrimonio, cuándo casarse, en qué momento. Realmente intentábamos dilucidar si era una locura casarse de un día para otro, sin mucha preparación, habiendo discernido con claridad -¡claro está!- que la persona elegida era la idónea para tal empresa. Para que se sitúen mejor, podría tratarse de cualquier joven pareja, ilusionada con la idea de casarse y convencida de que ese proyecto en común es el que mayor y mejor felicidad va a proporcionar a ambos ahora y para siempre. La dificultad surge cuando viven en ciudades distantes por motivos laborales o de estudio, hecho que presume permanecer invariable al menos un años más. En esta situación, tras varios años de noviazgo y repito, muchas ganas de casarse “bien”, surge la pregunta: y si nos casamos mañana mismo, ¿sería una locura?. La respuesta inicial, casi impulsiva y más propia de una novela de amor, sería: “ claro que no, ahora mismo, llamad a un sacerdote y celebremos la boda”; la sociedad actual, más malévola si me lo permiten, defendería que no es necesario casarse para sentirse comprometidos y vivir como tal. Y ciertamente, es tentador pensar así. Sin embargo, permítanme una vez más que reflexione en alto con ustedes.
El matrimonio es respuesta de los esposos a la vocación al amor; y –como se recoge en el catecismo de la Iglesia católica- por la alianza matrimonial, un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, que fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y educación de los hijos.
Recuerdo además durante la preparación de mi matrimonio algo que me llamó poderosamente la atención, y que leí en un libro. Hacía referencia al hecho de la distancia en el matrimonio y decía más o menos que, salvo motivos graves, el matrimonio no debe separarse por motivos laborales ni de otra índole, ya que la distancia física dificulta la auténtica vivencia del matrimonio en toda su dimensión. Lo comentábamos después con un sacerdote, que iba más allá, afirmando en positivo, la importancia de estar, compartir, formar y crear una nueva familia, que sea realmente una auténtica comunidad de amor . Y en otro momento le preguntaba: entonces, ¿cuándo tenemos que casarnos?. La respuesta fue tajante: ¿se lo habéis preguntado a Dios?.
Está claro con estas torpes pinceladas, el matrimonio es mucho más de lo que a veces pensamos, imaginamos y vivimos. Es una vocación que nos supera y que sólo podemos empezar a vivir cuando la entendemos como una respuesta a la llamada de Dios. Por eso, superando las ideas románticas de las películas, y las mediocres propuestas de la sociedad, la respuesta a la pregunta inicial quizá fuera otra. Casarse cuando uno ha discernido con sinceridad y con la suficiente y necesaria preparación, por supuesto, pero con la mínima garantía de que se va a poder vivir realmente el matrimonio, dedicándole el tiempo que se merece y necesita, construyendo con todo esmero una nueva comunidad de amor entre los cónyuges. Para algunos esto será una locura, una absurda pérdida de tiempo. Para los que creemos en el amor santificado por Dios, en el matrimonio, esperar a casarse en estas circunstancias, puede ser casi un acto heroico, y desde luego no un tiempo muerto, sino un espacio precioso para preparar y esperar con más ilusión el momento sacramental de matrimonio.

jueves, 22 de octubre de 2009

CADA VIDA IMPORTA

Y como no puede ser de otra forma, vuelvo a la carga haciéndome eco de la gran manifestación que hace unos días aconteció en Madrid, para celebrar y defender la vida. En defensa de la maternidad, de la mujer y de la vida: cada vida importa. Allí estuvimos, en familia, con amigos, compartiendo con tanta gente la ilusión por defender una vez más, y las que hagan falta, cualquier vida, toda la vida. Me gustó ver gente de todas las edades, niños y ancianos, gente sola, grupos de amigos, familias enteras, carros y silletas de bebé de todas las modalidades.....pero sobretodo me gustó ver a muchos hombres. Hombres comprometidos por la maternidad y por la vida. Porque si unos pocos quieren dar a la mujer el derecho a abortar, muchos más quieren defender el derecho a acoger la vida; y allí estaban también ellos: los padres, co-responsables en la concepción y en la acogida de la nueva vida que nace. Responsables de un modo único de cuidar y proteger a la madre, mujer gestante. Y allí había muchos, dando ejemplo. Apoyando y defendiendo la vida, pero apoyando y defendiendo también a la mujer, y su maternidad. Eso sí que es ser progresista, y moderno, y querer velar por los derechos de las mujeres. Y había muchos, se lo puedo asegurar. Muchos padres a los que “ningunea” la nueva ley, privándoles del derecho a ser padres. ¿Lo habían pensado?. Se defiende a ultranza el derecho de la mujer a matar al niño que espera, y ¿quién defiende el derecho del padre a cuidarle, quererle y protegerle toda la vida?. Soy consciente de que en muchos de los casos, es el padre el que se desentiende de la nueva criatura, por miedo, o por ignorancia, pero precisamente a esos, es necesario informar adecuadamente y ayudar a entender el increíble milagro que entraña y que sin duda es la concepción de un nuevo hombre.
Me decía el otro día una amiga que acaba de sufrir un aborto natural, de su tercer hijo, que esto le ha servido para ser más consciente del auténtico drama del aborto. Su reflexión era muy sencilla. Si los hijos se consideran un don, y no se programan ni se “producen”, sólo se puede acogerlos con inmensa alegría y siendo muy conscientes de tan inmerecido don. Y por eso también, cuando se mueren siendo todavía muy pequeños e “invisibles”, queda el consuelo y la confianza en el Creador, a quien todos pertenecemos. Y a pesar de tener ya dos hijos preciosos y un angelito en el cielo, hay una cierta tristeza y sensación de vacío tras la pérdida del ser que esperaba. Tristeza sublimada en mayor y mejor amor a sus hijos y a su marido, sabiendo que esa es la mejor forma de superarlo y vivirlo. Y esto así, siendo algo natural y enmarcado dentro del gran misterio de la vida. ¿Se imaginan la desazón que tiene que sentir una madre que ha decidido matar a su hijo?. Esa era su reflexión, que hoy comparto con ustedes.
Por eso, una vez más: Sí a la vida. Defendámosla con uñas y dientes, con alegría, convencidos de que ganaremos esta batalla a favor de la vida. Seamos conscientes de que esto nos implica a todos, en nuestras profesiones, en nuestras familias, con la gente que tengamos cerca. Tenemos que ser generosos y ayudar a las madres que se sientan desprotegidas y no aceptadas en sus ambientes. Tenemos que acompañar, ayudar, acoger y querer a las madres en dificultades. Estoy segura de que así nacerán muchos más niños, que tienen derecho a vivir. Como oía ayer en una canción, en la defensa de la vida, todos podemos hacer más.

jueves, 2 de julio de 2009

TODA UNA VIDA

Celebraba el otro día el aniversario de boda de mis padres; han pasado ya algunos años, más de treinta, cerca de los cuarenta. Por un momento, pensé una obviedad que casi ofendió a mi padre: “¡lleváis casados más tiempo que toda mi vida!” exclamé como si hubiera descubierto la pólvora. Desde luego, era ingenua mi reflexión, pero tiene su explicación.
Siempre he visto a mis padres como el núcleo inicial de mi familia, formando un matrimonio sólido, con sus momentos de esplendor y sus pequeñas o no tan pequeñas dificultades, propias de la vida misma y del devenir de los tiempos. Desde que yo recuerdo, les he visto compartir buenos y malos momentos, siempre juntos, a pesar de todo. En todo momento, he dado por hecho que su unidad era indestructible, única y eterna. Nunca me planteé algo diferente. Entiendo ahora que esta solidez ha colmado de seguridad y de felicidad mi infancia, y ha interrogado mi adolescencia y primera juventud. Tener la convicción de que el matrimonio de mis padres es una unidad estable, no exenta de dificultades, me ha hecho entender la profundidad del amor: del amor conyugal que está por encima de las circunstancias concretas de cada etapa de la vida, y del amor paternal que se extiende a los hijos. Y esto lo entiendo mucho mejor ahora, que también soy esposa y madre. Y quizá por eso el pensamiento inicial con el que empezaba esta reflexión.
Me dio un cierto vértigo celebrar 37 años de matrimonio, y no sólo por ser consciente del tiempo pasado, sino sobretodo por anticipar el futuro. En un instante, me trasladé 37 años en el tiempo, e imaginé a mi hijo que todavía hoy es un bebé, a sus futuros y posibles hermanos y mi vida en ese momento, junto a mi marido. Entonces me di cuenta de la cantidad de cosas que pueden pasar, de todo lo que puede cambiar, y reconozco que me entró un poco de miedo. Pensaba en todo lo que ha pasado ya en mi corta vida, y si Dios quiere y esos son su planes, todo lo que podrá ocurrir hasta entonces. Pero es inútil agobiarse por el futuro, que no sabemos si llegará. Lo que es evidente de toda esta reflexión un poco personal, es que el matrimonio, y la familia, hay que cuidarla día a día. No se celebran 37 años de matrimonio, se celebra cada día, cada acontecimiento. El recuento final sólo sirve para engrandecer el hecho heroico de seguir juntos, pero la gran celebración se precisa después de cada batalla, de cada prueba superada, de cada alegría compartida. Día a día, baldosa a baldosa (como decía sabiamente el barrendero de Momo) se va fraguando una historia de amor que dura y se consolida en cada peldaño. Ser fiel durante toda una vida es ser fiel en cada instante, con el pensamiento, con la mirada, con el deseo. Amar con madurez al final de la vida se consigue creciendo juntos en el amor. Dejarse sorprender cada día, admirar al otro, apoyarle en sus necesidades, celebrar cada acontecimiento, perdonarse, hablar sin parar y de todo, rezar juntos.....son algunas claves que he ido escuchando de algunos longevos matrimonios.
Y este convencimiento de que es así la única y mejor forma de amar en el matrimonio, se transmite a los hijos, de forma natural, como se hace con las cosas importantes. Y de repente, cuando ante ellos aparece el amor, surge de forma espontánea lo que han aprendido de pequeños, en su familia, a través del amor de sus padres. Debería ser así siempre, y en todos los casos. Los que hemos tenido la inmensa suerte de vivirlo así, deberíamos adquirir el compromiso de procurarlo también para nuestros hijos, supongo que es cuestión de justicia, o mejor dicho, cuestión de amor.

lunes, 1 de junio de 2009

EL FESTÍN DE LA AMISTAD

El fin de semana pasado tuve la suerte de poder recibir en mi casa a dos buenos amigos. Y digo suerte porque desde hace algún tiempo nos separan unos cuantos kilómetros que dificultan estos encuentros, más frecuentes en tiempos pasados. Y he pensado que en este espacio sobre el amor humano hemos dedicado quizá un tiempo insuficiente a hablar de la amistad, que también en una forma de amor.
A los antiguos, la amistad les parecía el más feliz y más plenamente humano de todos los amores: coronación de la vida y escuela de virtudes. Quizá el mundo moderno haya desvirtuado este valor de la amistad, y la reduzca hoy a simple camaradería. No es fácil tener buenos amigos. No es frecuente tener muchos buenos amigos, a lo mejor porque no es posible vivir intensamente la amistad con mucha gente distinta, no lo sé.
Lo que es innegable es la satisfacción del encuentro en la amistad. Aunque haya pasado el tiempo, aunque hayan cambiado las circunstancias y aparecido nuevos y distintos amores. Los amigos que se encuentran necesitan un solo saludo para saberse amados, en ese misterioso amor que supone la amistad. Es esa sensación de haberse visto el día anterior lo que facilita el encuentro. Los amigos “son”, aunque no conozcan cada segundo de sus historias ni todo resquicio de sus pensamientos. Se es libre y auténtico con los amigos; en la amistad no tienen lugar los formalismos ni los protocolos, simplemente hay que ser, eso es lo verdaderamente importante igual que en otras formas de amor.
Pensando en esto me he acordado de un buen libro del escritor C. S Lewis, muchos de ustedes lo conocerán, se trata de “ Los cuatro amores”. En él habla del afecto, del eros, la caridad y la amistad. Sobre la amistad afirma : “La amistad no es una recompensa por nuestra capacidad de elegir y por nuestro buen gusto de encontrarnos unos a otros, es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de miles de otros hombres; por medio de la amistad Dios nos abre los ojos ante ellas. Como todas las bellezas, éstas proceden de Él, y luego, en una buena amistad, las acrecienta por medio de la amistad misma, de modo que éste es su instrumento tanto para crear una amistad como para hacer que se manifieste. En este festín es Él quien ha preparado la mesa y elegido a los invitados”.
Puede parecernos un pensamiento “excesivamente trascendente” sobre la amistad, pero para un cristiano no existe la casualidad, y no podía ser de otra forma con los amigos. Descubrir la amistad como un don de Dios, nos hace sin duda valorar más esa forma concreta de amar, nos permite ser humildes, generosos, amables, espontáneos....Vivir así la amistad es ser conscientes de la gratuidad del don que tiene que ser cuidado y conservado. Si han tenido experiencia de una buena amistad, sabrán de qué les estoy hablando.

lunes, 4 de mayo de 2009

NO SÓLO SENTIMIENTOS

El mundo de los sentimientos es un misterio, muchas veces inabarcable. Sentimos constantemente: frío, calor, dolor, alegría, tristeza; sentimos el viento, las caricias, los aguijones, el roce de una rosa. Sentimos hambre y sed . Somos seres constituidos por miles de receptores que nos permiten el contacto con la realidad que nos rodea, también a las señales de nuestro propio organismo que nos informa y alerta de nuestro estado y respondemos a esas invitaciones “simplemente” sintiendo. El sentimiento es algo tan sencillo y complejo a la vez como la acción y efecto de sentir o sentirse. También se define como la impresión y movimiento que causan en el alma las cosas espirituales. No sé si aclaramos algo más. Vayamos entonces a la palabra sentir. Según la Real Academia Española de la Lengua, sentir es experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas. Experimentar sensaciones, dos palabras con alto contenido subjetivo, o sea, poco concreto, susceptible de cada individuo, irracional, poco controlable, espontáneo....y etéreo.
Pensarán que me he equivocado de lugar para exponer esta clase de gramática, pero todo tiene su sentido. He pensado estos días en el mundo de los sentimientos, mundo misterioso y complejo, como les decía al principio, y creo que una vez más, la clave está en el significado de la palabra.
Claramente nos movemos en un mundo dominado por los sentimientos. Los sentimientos imperan entre los hombres y dominan sus reacciones y decisiones, sin criba ninguna. El “sentimiento de amor” hacia una persona hace que nos enamoremos al instante y que prometamos amor eterno, sin calibrar otras cosas también importantes. Pero ese mismo sentimiento, sólo así volátil, se transforma en sentimiento de hastío e indiferencia y abandonamos fácilmente la relación. Sentimos tristeza cuando algo que va a suceder no acontece como esperamos, o cuando no tenemos a nuestro alrededor todo lo que quisiéramos, o sufrimos alguna dolencia o incomodidad, y esa tristeza puede anularnos completamente por el puro y “simple” sentimiento. Pero los sentimientos son sólo esos “sentimientos”; por su propia definición: impresiones, percepciones, experiencias a las que hay que otorgarles la importancia precisa. No podemos evitar el sentimiento puesto que es una respuesta inmediata a algo que acontece, pero no podemos ni debemos quedarnos sólo ahí.
Los sentimientos deben primero aceptarse. No podemos tampoco convertirnos en robots fríos e insensibles que no sienten nada. No podemos evitar sentir, es más, tenemos que dejar que toda realidad sensible provoque en nosotros una respuesta. Y tenemos que permitirnos sentirlo, y expresar ese sentimiento cuando sea posible y conveniente. Pero después, en la mayoría de los casos, tendremos que pensar sobre ese sentimiento. Máxime en temas relacionados con el amor, o que repercuten necesariamente en terceras personas. Muchas veces tendremos que analizar nuestros sentimientos, contextualizarlos, centrarlos, ponerlos en el lugar adecuado. Sólo así podremos darles la importancia que merecen y no nos dejaremos llevar por ellos. El sentimiento ocupa un lugar importante en el ser humano, pero no es lo único ni lo primero. Tendrá que ser contrastado muchas veces por la razón y sólo así adquirirá su verdadero sentido. Es importante tener esto en cuenta, para que no sea sólo el sentimiento el que dirija nuestro obrar. Imagínense si por ejemplo la relación con Dios sólo se viviera desde el sentimiento. Aunque las experiencias sensibles en la oración o en otros momentos de especial intimidad son reales, y existen, no son – o por lo menos en el común de los mortales- lo más frecuente. Si la fe y la relación con Dios se vive sólo desde el sentimiento queda vacía y caduca necesariamente. Por el contrario, una vida de fe salpicada por momentos de “real sentimiento de Presencia” y fortalecida en momentos de sequía, madura con el tiempo y permanece. Esto que es fácilmente entendible en un tema tan concreto como el de la fe, ocurre del mismo modo en el amor. Lo que pasa es que en nuestro tiempo, estamos dando al sentimiento un valor que quizá no tenga. Sólo hay que ir a la definición.

viernes, 24 de abril de 2009

UN IMPRESIONANTE ACTO DE AMOR

Todavía estoy impresionada por un video que he visto recientemente en el portal de internet youtube (VEA AQUÍ). Me habló de él una amiga y no me ha defraudado. Les resumo: es un mini-documental de 8 minutos que cuenta, con fotos fijas sucesivas y una voz en off la historia de una familia. Un joven matrimonio que espera la llegada de su hijo, que saben nacerá con una alteración genética que no le permitirá vivir muchos meses. Cada día celebran su cumpleaños, porque cada día es motivo de fiesta y de alegría. Las imágenes son impresionantes, muy delicadas y con una mirada cariñosa sin duda, nada efectistas, ni se regodean en la gravedad del pequeño: un niño con las orejitas un poco más bajas de lo habitual, con aspecto tranquilo, que requiere de una sonda nasal para respirar y en algunos momentos algún que otro dispositivo médico más. Un precioso bebé, sin más, que comparte con sus padres cada día de su sabida corta vida. El día de su muerte, con 99 días, sus padres –acompañados de sus amigos- lanzaron al aire 99 globos de colores, inundando el cielo de colorista alegría. Impresionante, ¿verdad?.
La primera vez que vi el video no me gustó, me pareció una intromisión en la privacidad del pequeño, y una excesiva frialdad de unos padres que se preocupan por inmortalizar cada día de la vida de un niño con una muerte anunciada. Pero conforme pasa el tiempo y de algún u otro modo ese niño vuelve a mi pensamiento me doy cuenta de que detrás de eso hay una gran historia de amor.
El amor de unos padres que esperan a su hijo, aún a sabiendas de que no va a vivir mucho tiempo. Las imágenes del video reflejan que todo estaba perfectamente preparado para su llegada, aunque suene un poco duro, como si fuera a ser un “niño normal”. Muchos de los días que también aparecen reflejados son como los de cualquier otro niño: paseos por el parque, juegos y caricias con sus padres, visitas de amigos y familiares......¿Y por qué no?. ¿Acaso tenía que permanecer “escondido” en un hospital esperando la hora de su muerte? Probablemente eso es lo que de alguna manera se pretenda en esta sociedad que se preocupa de ocultar y evitar la enfermedad y el sufrimiento. Y quizá por eso tenga mucho valor este video, y la idea de sus padres de dar a conocer su historia. En el fondo es la reivindicación del valor de la vida de su hijo, de una vida auténtica, completa, plena, alegre, esperanzada; corta, es verdad, pero hasta su muerte, “como la de un niño normal”. Es la necesidad de mostrar al mundo que su hijo “tenía derecho a vivir”, porque su hijo quería vivir, con ellos, el tiempo que fuera posible. De hecho, según todos los pronósticos, no podría vivir más de 2 meses y superó por poco los 3....toda una hazaña para este pequeño.
Estoy casi segura de que a esos padres les plantearon matar a su hijo. ¿Por qué iban ellos a tener que sufrir? ¿Por qué dar a luz un niño enfermo, que no iba a vivir demasiado tiempo? ¿Qué necesidad había de generar expectativas innecesarias?. Sólo la seguridad del valor de la vida por encima de todas circunstancias puede dar respuesta a estas preguntas. Este niño, cualquier niño con alteraciones genéticas, malformaciones, o cualquier otro problema intrauterino, tiene vida, está vivo, y tiene derecho a vivir. No sé si hablar de la valentía de los padres- que se supone y es motivo de reconocimiento-porque creo que todo es más sencillo. Se trata de amor. De amar al hijo concebido, de amar al propio hijo, de querer para él lo mejor. Un amor sin duda muy grande, generoso; un amor probado; un amor maternal y paternal cuestionado por los que defienden la “selección de la especie”, pero un amor seguro porque es simplemente amor. Sólo se puede amar a un hijo.
Y esta historia coincide con la autorización para seleccionar embriones libres de tumores o enfermedades genéticas. ¡Qué gran contradicción! ¿Se puede amar más a un hijo que a otro?. No lo creo. ¿Se puede rechazar a un hijo por no ser perfecto?. Demasiado duro....
El día que murió el pequeño Elliot, que así se llamaba, lanzaron 99 globos al aire, signo de los 99 días que habían vivido junto a él. Un gesto sencillo, pero cargado de simbolismo. El video relata esta epopeya maravillosa en primera persona y termina con la frase de Job que escogieron sus padres como lema: "Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bendito sea siempre el nombre de Dios".
Probablemente sólo la gente que concibe a los hijos como un Don de Dios, como un regalo, es capaz de vivir y ver así las cosas. Cuando un hijo es un derecho, una necesidad, posesión o capricho una historia de amor tan breve como la de los 99 días sólo puede ser una pesadilla.