jueves, 22 de octubre de 2009

CADA VIDA IMPORTA

Y como no puede ser de otra forma, vuelvo a la carga haciéndome eco de la gran manifestación que hace unos días aconteció en Madrid, para celebrar y defender la vida. En defensa de la maternidad, de la mujer y de la vida: cada vida importa. Allí estuvimos, en familia, con amigos, compartiendo con tanta gente la ilusión por defender una vez más, y las que hagan falta, cualquier vida, toda la vida. Me gustó ver gente de todas las edades, niños y ancianos, gente sola, grupos de amigos, familias enteras, carros y silletas de bebé de todas las modalidades.....pero sobretodo me gustó ver a muchos hombres. Hombres comprometidos por la maternidad y por la vida. Porque si unos pocos quieren dar a la mujer el derecho a abortar, muchos más quieren defender el derecho a acoger la vida; y allí estaban también ellos: los padres, co-responsables en la concepción y en la acogida de la nueva vida que nace. Responsables de un modo único de cuidar y proteger a la madre, mujer gestante. Y allí había muchos, dando ejemplo. Apoyando y defendiendo la vida, pero apoyando y defendiendo también a la mujer, y su maternidad. Eso sí que es ser progresista, y moderno, y querer velar por los derechos de las mujeres. Y había muchos, se lo puedo asegurar. Muchos padres a los que “ningunea” la nueva ley, privándoles del derecho a ser padres. ¿Lo habían pensado?. Se defiende a ultranza el derecho de la mujer a matar al niño que espera, y ¿quién defiende el derecho del padre a cuidarle, quererle y protegerle toda la vida?. Soy consciente de que en muchos de los casos, es el padre el que se desentiende de la nueva criatura, por miedo, o por ignorancia, pero precisamente a esos, es necesario informar adecuadamente y ayudar a entender el increíble milagro que entraña y que sin duda es la concepción de un nuevo hombre.
Me decía el otro día una amiga que acaba de sufrir un aborto natural, de su tercer hijo, que esto le ha servido para ser más consciente del auténtico drama del aborto. Su reflexión era muy sencilla. Si los hijos se consideran un don, y no se programan ni se “producen”, sólo se puede acogerlos con inmensa alegría y siendo muy conscientes de tan inmerecido don. Y por eso también, cuando se mueren siendo todavía muy pequeños e “invisibles”, queda el consuelo y la confianza en el Creador, a quien todos pertenecemos. Y a pesar de tener ya dos hijos preciosos y un angelito en el cielo, hay una cierta tristeza y sensación de vacío tras la pérdida del ser que esperaba. Tristeza sublimada en mayor y mejor amor a sus hijos y a su marido, sabiendo que esa es la mejor forma de superarlo y vivirlo. Y esto así, siendo algo natural y enmarcado dentro del gran misterio de la vida. ¿Se imaginan la desazón que tiene que sentir una madre que ha decidido matar a su hijo?. Esa era su reflexión, que hoy comparto con ustedes.
Por eso, una vez más: Sí a la vida. Defendámosla con uñas y dientes, con alegría, convencidos de que ganaremos esta batalla a favor de la vida. Seamos conscientes de que esto nos implica a todos, en nuestras profesiones, en nuestras familias, con la gente que tengamos cerca. Tenemos que ser generosos y ayudar a las madres que se sientan desprotegidas y no aceptadas en sus ambientes. Tenemos que acompañar, ayudar, acoger y querer a las madres en dificultades. Estoy segura de que así nacerán muchos más niños, que tienen derecho a vivir. Como oía ayer en una canción, en la defensa de la vida, todos podemos hacer más.

jueves, 2 de julio de 2009

TODA UNA VIDA

Celebraba el otro día el aniversario de boda de mis padres; han pasado ya algunos años, más de treinta, cerca de los cuarenta. Por un momento, pensé una obviedad que casi ofendió a mi padre: “¡lleváis casados más tiempo que toda mi vida!” exclamé como si hubiera descubierto la pólvora. Desde luego, era ingenua mi reflexión, pero tiene su explicación.
Siempre he visto a mis padres como el núcleo inicial de mi familia, formando un matrimonio sólido, con sus momentos de esplendor y sus pequeñas o no tan pequeñas dificultades, propias de la vida misma y del devenir de los tiempos. Desde que yo recuerdo, les he visto compartir buenos y malos momentos, siempre juntos, a pesar de todo. En todo momento, he dado por hecho que su unidad era indestructible, única y eterna. Nunca me planteé algo diferente. Entiendo ahora que esta solidez ha colmado de seguridad y de felicidad mi infancia, y ha interrogado mi adolescencia y primera juventud. Tener la convicción de que el matrimonio de mis padres es una unidad estable, no exenta de dificultades, me ha hecho entender la profundidad del amor: del amor conyugal que está por encima de las circunstancias concretas de cada etapa de la vida, y del amor paternal que se extiende a los hijos. Y esto lo entiendo mucho mejor ahora, que también soy esposa y madre. Y quizá por eso el pensamiento inicial con el que empezaba esta reflexión.
Me dio un cierto vértigo celebrar 37 años de matrimonio, y no sólo por ser consciente del tiempo pasado, sino sobretodo por anticipar el futuro. En un instante, me trasladé 37 años en el tiempo, e imaginé a mi hijo que todavía hoy es un bebé, a sus futuros y posibles hermanos y mi vida en ese momento, junto a mi marido. Entonces me di cuenta de la cantidad de cosas que pueden pasar, de todo lo que puede cambiar, y reconozco que me entró un poco de miedo. Pensaba en todo lo que ha pasado ya en mi corta vida, y si Dios quiere y esos son su planes, todo lo que podrá ocurrir hasta entonces. Pero es inútil agobiarse por el futuro, que no sabemos si llegará. Lo que es evidente de toda esta reflexión un poco personal, es que el matrimonio, y la familia, hay que cuidarla día a día. No se celebran 37 años de matrimonio, se celebra cada día, cada acontecimiento. El recuento final sólo sirve para engrandecer el hecho heroico de seguir juntos, pero la gran celebración se precisa después de cada batalla, de cada prueba superada, de cada alegría compartida. Día a día, baldosa a baldosa (como decía sabiamente el barrendero de Momo) se va fraguando una historia de amor que dura y se consolida en cada peldaño. Ser fiel durante toda una vida es ser fiel en cada instante, con el pensamiento, con la mirada, con el deseo. Amar con madurez al final de la vida se consigue creciendo juntos en el amor. Dejarse sorprender cada día, admirar al otro, apoyarle en sus necesidades, celebrar cada acontecimiento, perdonarse, hablar sin parar y de todo, rezar juntos.....son algunas claves que he ido escuchando de algunos longevos matrimonios.
Y este convencimiento de que es así la única y mejor forma de amar en el matrimonio, se transmite a los hijos, de forma natural, como se hace con las cosas importantes. Y de repente, cuando ante ellos aparece el amor, surge de forma espontánea lo que han aprendido de pequeños, en su familia, a través del amor de sus padres. Debería ser así siempre, y en todos los casos. Los que hemos tenido la inmensa suerte de vivirlo así, deberíamos adquirir el compromiso de procurarlo también para nuestros hijos, supongo que es cuestión de justicia, o mejor dicho, cuestión de amor.

lunes, 1 de junio de 2009

EL FESTÍN DE LA AMISTAD

El fin de semana pasado tuve la suerte de poder recibir en mi casa a dos buenos amigos. Y digo suerte porque desde hace algún tiempo nos separan unos cuantos kilómetros que dificultan estos encuentros, más frecuentes en tiempos pasados. Y he pensado que en este espacio sobre el amor humano hemos dedicado quizá un tiempo insuficiente a hablar de la amistad, que también en una forma de amor.
A los antiguos, la amistad les parecía el más feliz y más plenamente humano de todos los amores: coronación de la vida y escuela de virtudes. Quizá el mundo moderno haya desvirtuado este valor de la amistad, y la reduzca hoy a simple camaradería. No es fácil tener buenos amigos. No es frecuente tener muchos buenos amigos, a lo mejor porque no es posible vivir intensamente la amistad con mucha gente distinta, no lo sé.
Lo que es innegable es la satisfacción del encuentro en la amistad. Aunque haya pasado el tiempo, aunque hayan cambiado las circunstancias y aparecido nuevos y distintos amores. Los amigos que se encuentran necesitan un solo saludo para saberse amados, en ese misterioso amor que supone la amistad. Es esa sensación de haberse visto el día anterior lo que facilita el encuentro. Los amigos “son”, aunque no conozcan cada segundo de sus historias ni todo resquicio de sus pensamientos. Se es libre y auténtico con los amigos; en la amistad no tienen lugar los formalismos ni los protocolos, simplemente hay que ser, eso es lo verdaderamente importante igual que en otras formas de amor.
Pensando en esto me he acordado de un buen libro del escritor C. S Lewis, muchos de ustedes lo conocerán, se trata de “ Los cuatro amores”. En él habla del afecto, del eros, la caridad y la amistad. Sobre la amistad afirma : “La amistad no es una recompensa por nuestra capacidad de elegir y por nuestro buen gusto de encontrarnos unos a otros, es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de miles de otros hombres; por medio de la amistad Dios nos abre los ojos ante ellas. Como todas las bellezas, éstas proceden de Él, y luego, en una buena amistad, las acrecienta por medio de la amistad misma, de modo que éste es su instrumento tanto para crear una amistad como para hacer que se manifieste. En este festín es Él quien ha preparado la mesa y elegido a los invitados”.
Puede parecernos un pensamiento “excesivamente trascendente” sobre la amistad, pero para un cristiano no existe la casualidad, y no podía ser de otra forma con los amigos. Descubrir la amistad como un don de Dios, nos hace sin duda valorar más esa forma concreta de amar, nos permite ser humildes, generosos, amables, espontáneos....Vivir así la amistad es ser conscientes de la gratuidad del don que tiene que ser cuidado y conservado. Si han tenido experiencia de una buena amistad, sabrán de qué les estoy hablando.

lunes, 4 de mayo de 2009

NO SÓLO SENTIMIENTOS

El mundo de los sentimientos es un misterio, muchas veces inabarcable. Sentimos constantemente: frío, calor, dolor, alegría, tristeza; sentimos el viento, las caricias, los aguijones, el roce de una rosa. Sentimos hambre y sed . Somos seres constituidos por miles de receptores que nos permiten el contacto con la realidad que nos rodea, también a las señales de nuestro propio organismo que nos informa y alerta de nuestro estado y respondemos a esas invitaciones “simplemente” sintiendo. El sentimiento es algo tan sencillo y complejo a la vez como la acción y efecto de sentir o sentirse. También se define como la impresión y movimiento que causan en el alma las cosas espirituales. No sé si aclaramos algo más. Vayamos entonces a la palabra sentir. Según la Real Academia Española de la Lengua, sentir es experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas. Experimentar sensaciones, dos palabras con alto contenido subjetivo, o sea, poco concreto, susceptible de cada individuo, irracional, poco controlable, espontáneo....y etéreo.
Pensarán que me he equivocado de lugar para exponer esta clase de gramática, pero todo tiene su sentido. He pensado estos días en el mundo de los sentimientos, mundo misterioso y complejo, como les decía al principio, y creo que una vez más, la clave está en el significado de la palabra.
Claramente nos movemos en un mundo dominado por los sentimientos. Los sentimientos imperan entre los hombres y dominan sus reacciones y decisiones, sin criba ninguna. El “sentimiento de amor” hacia una persona hace que nos enamoremos al instante y que prometamos amor eterno, sin calibrar otras cosas también importantes. Pero ese mismo sentimiento, sólo así volátil, se transforma en sentimiento de hastío e indiferencia y abandonamos fácilmente la relación. Sentimos tristeza cuando algo que va a suceder no acontece como esperamos, o cuando no tenemos a nuestro alrededor todo lo que quisiéramos, o sufrimos alguna dolencia o incomodidad, y esa tristeza puede anularnos completamente por el puro y “simple” sentimiento. Pero los sentimientos son sólo esos “sentimientos”; por su propia definición: impresiones, percepciones, experiencias a las que hay que otorgarles la importancia precisa. No podemos evitar el sentimiento puesto que es una respuesta inmediata a algo que acontece, pero no podemos ni debemos quedarnos sólo ahí.
Los sentimientos deben primero aceptarse. No podemos tampoco convertirnos en robots fríos e insensibles que no sienten nada. No podemos evitar sentir, es más, tenemos que dejar que toda realidad sensible provoque en nosotros una respuesta. Y tenemos que permitirnos sentirlo, y expresar ese sentimiento cuando sea posible y conveniente. Pero después, en la mayoría de los casos, tendremos que pensar sobre ese sentimiento. Máxime en temas relacionados con el amor, o que repercuten necesariamente en terceras personas. Muchas veces tendremos que analizar nuestros sentimientos, contextualizarlos, centrarlos, ponerlos en el lugar adecuado. Sólo así podremos darles la importancia que merecen y no nos dejaremos llevar por ellos. El sentimiento ocupa un lugar importante en el ser humano, pero no es lo único ni lo primero. Tendrá que ser contrastado muchas veces por la razón y sólo así adquirirá su verdadero sentido. Es importante tener esto en cuenta, para que no sea sólo el sentimiento el que dirija nuestro obrar. Imagínense si por ejemplo la relación con Dios sólo se viviera desde el sentimiento. Aunque las experiencias sensibles en la oración o en otros momentos de especial intimidad son reales, y existen, no son – o por lo menos en el común de los mortales- lo más frecuente. Si la fe y la relación con Dios se vive sólo desde el sentimiento queda vacía y caduca necesariamente. Por el contrario, una vida de fe salpicada por momentos de “real sentimiento de Presencia” y fortalecida en momentos de sequía, madura con el tiempo y permanece. Esto que es fácilmente entendible en un tema tan concreto como el de la fe, ocurre del mismo modo en el amor. Lo que pasa es que en nuestro tiempo, estamos dando al sentimiento un valor que quizá no tenga. Sólo hay que ir a la definición.

viernes, 24 de abril de 2009

UN IMPRESIONANTE ACTO DE AMOR

Todavía estoy impresionada por un video que he visto recientemente en el portal de internet youtube (VEA AQUÍ). Me habló de él una amiga y no me ha defraudado. Les resumo: es un mini-documental de 8 minutos que cuenta, con fotos fijas sucesivas y una voz en off la historia de una familia. Un joven matrimonio que espera la llegada de su hijo, que saben nacerá con una alteración genética que no le permitirá vivir muchos meses. Cada día celebran su cumpleaños, porque cada día es motivo de fiesta y de alegría. Las imágenes son impresionantes, muy delicadas y con una mirada cariñosa sin duda, nada efectistas, ni se regodean en la gravedad del pequeño: un niño con las orejitas un poco más bajas de lo habitual, con aspecto tranquilo, que requiere de una sonda nasal para respirar y en algunos momentos algún que otro dispositivo médico más. Un precioso bebé, sin más, que comparte con sus padres cada día de su sabida corta vida. El día de su muerte, con 99 días, sus padres –acompañados de sus amigos- lanzaron al aire 99 globos de colores, inundando el cielo de colorista alegría. Impresionante, ¿verdad?.
La primera vez que vi el video no me gustó, me pareció una intromisión en la privacidad del pequeño, y una excesiva frialdad de unos padres que se preocupan por inmortalizar cada día de la vida de un niño con una muerte anunciada. Pero conforme pasa el tiempo y de algún u otro modo ese niño vuelve a mi pensamiento me doy cuenta de que detrás de eso hay una gran historia de amor.
El amor de unos padres que esperan a su hijo, aún a sabiendas de que no va a vivir mucho tiempo. Las imágenes del video reflejan que todo estaba perfectamente preparado para su llegada, aunque suene un poco duro, como si fuera a ser un “niño normal”. Muchos de los días que también aparecen reflejados son como los de cualquier otro niño: paseos por el parque, juegos y caricias con sus padres, visitas de amigos y familiares......¿Y por qué no?. ¿Acaso tenía que permanecer “escondido” en un hospital esperando la hora de su muerte? Probablemente eso es lo que de alguna manera se pretenda en esta sociedad que se preocupa de ocultar y evitar la enfermedad y el sufrimiento. Y quizá por eso tenga mucho valor este video, y la idea de sus padres de dar a conocer su historia. En el fondo es la reivindicación del valor de la vida de su hijo, de una vida auténtica, completa, plena, alegre, esperanzada; corta, es verdad, pero hasta su muerte, “como la de un niño normal”. Es la necesidad de mostrar al mundo que su hijo “tenía derecho a vivir”, porque su hijo quería vivir, con ellos, el tiempo que fuera posible. De hecho, según todos los pronósticos, no podría vivir más de 2 meses y superó por poco los 3....toda una hazaña para este pequeño.
Estoy casi segura de que a esos padres les plantearon matar a su hijo. ¿Por qué iban ellos a tener que sufrir? ¿Por qué dar a luz un niño enfermo, que no iba a vivir demasiado tiempo? ¿Qué necesidad había de generar expectativas innecesarias?. Sólo la seguridad del valor de la vida por encima de todas circunstancias puede dar respuesta a estas preguntas. Este niño, cualquier niño con alteraciones genéticas, malformaciones, o cualquier otro problema intrauterino, tiene vida, está vivo, y tiene derecho a vivir. No sé si hablar de la valentía de los padres- que se supone y es motivo de reconocimiento-porque creo que todo es más sencillo. Se trata de amor. De amar al hijo concebido, de amar al propio hijo, de querer para él lo mejor. Un amor sin duda muy grande, generoso; un amor probado; un amor maternal y paternal cuestionado por los que defienden la “selección de la especie”, pero un amor seguro porque es simplemente amor. Sólo se puede amar a un hijo.
Y esta historia coincide con la autorización para seleccionar embriones libres de tumores o enfermedades genéticas. ¡Qué gran contradicción! ¿Se puede amar más a un hijo que a otro?. No lo creo. ¿Se puede rechazar a un hijo por no ser perfecto?. Demasiado duro....
El día que murió el pequeño Elliot, que así se llamaba, lanzaron 99 globos al aire, signo de los 99 días que habían vivido junto a él. Un gesto sencillo, pero cargado de simbolismo. El video relata esta epopeya maravillosa en primera persona y termina con la frase de Job que escogieron sus padres como lema: "Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bendito sea siempre el nombre de Dios".
Probablemente sólo la gente que concibe a los hijos como un Don de Dios, como un regalo, es capaz de vivir y ver así las cosas. Cuando un hijo es un derecho, una necesidad, posesión o capricho una historia de amor tan breve como la de los 99 días sólo puede ser una pesadilla.

lunes, 23 de marzo de 2009

AMAR LA SABIDURIA

Me he enterado de que ha fallecido un viejo profesor de la facultad. De repente muchos recuerdos y la nostalgia de mi etapa universitaria. Así que, si me lo permiten, hoy voy a compartir con ustedes alguno de mis pensamientos ¿por qué no?. Supongo que en un programa dedicado al amor humano visto con ojos de mujer, es más que factible hablar del amor a la sabiduría, con ojos de una estudiante, con el recuerdo de la mirada de un sabio profesor.
Recuerdo a Don Luis María Gonzalo como un hombre mayor. Ya era mayor cuando yo estudiaba. Tenía ese andar tranquilo y seguro de quien ha recorrido muchos kilómetros por el camino de la vida. Aspecto asténico que otros llamarían delgadez, y una ligera cifosis dorsal que le otorgaba ese caminar tan característico. Recuerdo especialmente su sonrisa y su mirada cálida; y recuerdo –con sorprendente nitidez- sus manos que se movían armoniosamente mientras explicaba las distintas partes del cerebro humano. Parece que le veo ahora, en la sala de anatomía de la universidad, rodeado de pipiolos estudiantes de primero de medicina ansiosos por descubrir los misterios del cuerpo humano. Siempre con voz tranquila, casi susurrante, sin alterarse, cogía con sus largos dedos las distintas piezas e iba señalando el cuerpo calloso, el núcleo rojo o el tálamo. Todos le escuchábamos con atención y con un silencio extraño porque sus explicaciones sin duda lo merecían. Era un gran maestro: catedrático de anatomía, aunque no alardeaba de ello; nunca le oí hablar de sus publicaciones ni de sus últimas investigaciones, siempre el trabajo en equipo. Tuve la suerte de colaborar con él más de cerca durante algunos meses de verano y pude comprobarlo in situ. Era todo esto y mucho más.
Y les habla alguien que se considera bastante crítica con sus profesores, pero don Luis Maria era diferente. Era un gran hombre capaz de transmitir el amor a la sabiduría, al hombre, a la medicina. Amor a la sabiduría que es amor al conocimiento y a la verdad. No recuerdo apuntes perfectos de sus clases, pero sé que lo que transmitía era mucho más importante y que de hecho es lo que hoy perdura: el afán por saber, por buscar las fuentes del conocimiento, por preguntarse el porqué de las cosas sin darlas por supuesto, el querer saber siempre más, si eso puede mejorar en algo nuestra pequeña parcela en el mundo. Todo esto con trabajo y esfuerzo, pero sin grandes alardes, mejor en lo escondido, como ha hecho hasta sus últimos días. En sus clases se hablaba de lo fundamental, pero tenía la picardía de despertar en nosotros la inquietud que nos hacía ir después a los libros y descubrir cuantos conocimientos nuevos albergaba esa parte del saber. Y todo esto, con la humildad del hombre sabio platónico, que sabe transmitir su conocimiento a los ignorantes, para que puedan al menos atisbarlo. Sabía mostrar cercanía con la distancia necesaria y adecuada de un maestro. No resulta difícil imaginárselo como a Aristóteles paseando con sus pupilos por la gran cuidad de Atenas. Y ese amor a la sabiduría impregnado de un inmenso amor al hombre y amor a la medicina, adentrándose en la maravilla de la creación desde la embriología humana y en los misterios del cerebro y de los sueños, con la humildad de quien se sabe limitado y superado por un Ser Creador. Un ejemplo en estos días en los que el conocimiento se utiliza de forma perversa para manipular al hombre y erigirse en creador de nuevos seres.
Recuerdo con mucho cariño sus clases en la sala de anatomía y sus magistrales explicaciones y recuerdo con más cariño todavía la delicadeza con la que se preocupó por mí en momentos delicados para mi familia.
No cabe duda de que hay muchas formas de amar, y creo que hoy he descubierto otra en la persona de un gran maestro. El amor al conocimiento y a la sabiduría como forma de vivir el amor al hombre, concretándose de algún modo también en los alumnos que tuvimos la suerte de conocerle, y todo esto, estoy segura, centrado y fortalecido por el Amor de Dios. Descanse en paz.

martes, 24 de febrero de 2009

EL AMOR NUNCA ES UN FRACASO

No es fácil terminar una relación de noviazgo. Sobretodo cuando se ha intentado hacer las cosas bien, cuando se ha querido a la otra persona y cuando el fin ha sido por el convencimiento de que no era el hombre o la mujer adecuada con la que compartir el resto de la vida y el proyecto más apasionante. No es fácil. Más difícil todavía cuando se tiene ya una cierta edad y cuando aparentemente todo parecía ir bien e incluso uno se creía enamorado. Cuando esto ocurre, aparecen la decepción, la duda y el miedo al futuro y a la nueva situación de incertidumbre: ¿habré perdido el tiempo?, ¿qué sentido ha tenido esta relación? ¿podré superarlo?; preguntas al vuelo de cualquier persona en los primeros días tras la ruptura. Un desánimo entendible que a veces paraliza e impide seguir buscando.
Pensando en esto leí el otro día un relato del aviador y escritor de El Principito, Sant Exupery, que cuenta cómo su avión se estrelló sobrevolando los Andes. Tras el accidente, se encuentra solo en mitad de la cordillera, a kilómetros de distancia de cualquier punto civilizado. La temperatura es de muchos grados bajo cero, no tiene comida ni la ropa adecuada para esa situación extrema. Empieza a andar y surge el desánimo, las ganas de abandonar y de dejarse morir. Sin embargo, el recuerdo de su mujer y sus hijos que le esperan en Francia le anima a seguir adelante. La seguridad del amor de su familia le da fuerzas para seguir, y al mismo tiempo el amor que siente hacia ellos le empuja a seguir caminando, “no podía fallar a quienes me aman” dice emocionado al encontrarse finalmente con ellos.
Probablemente no tenga mucho que ver, pero a mí me hizo pensar. Sólo el amor nos lleva a vivir la vida épicamente, a hacer locuras, a emprender los más grandes proyectos, a hacer cosas de las que no nos sentíamos capaces. El sabernos amados nos hace volar más alto, nos conduce a ser mejores personas, en definitiva, nos permite ser más felices. Y no sólo por no fallar a quienes nos aman, si no por esa fuerza extraña que el amor imprime en el alma que ama y se sabe amada.
Por eso, pensaba, ninguna relación de amor puede ser un fracaso. Ningún noviazgo bien planteado en sus comienzos y en el que el amor-cariño-enamoramiento entre las dos personas ha sido sincero, puede resultar en vano. Ya hemos hablado aquí alguna vez del impulso emocional inicial, que tiene que conducir necesariamente a la voluntad de amar al ser amable. Es esa fase inicial de amor emocional, la que nos permite muchas veces descubrir cosas de nosotros mismos que desconocíamos; la que nos permite salir por primera de un yo muchas veces egoísta que se abre desinteresadamente a otro. Otras veces ese enamoramiento nos permite activar “la dinámica del amor”, que nos hace sentirnos vivos para el otro. Y casi siempre, nos permite intuir un Amor más grande al que estamos llamados. Si esto se da en una relación entre un hombre y una mujer, y surge el desequilibrio por alguna de las partes, sin apertura ni posibilidad de crecimiento, es fácil que la ruptura sea la única y mejor solución, sin considerarla nunca un fracaso, sino una oportunidad de crecimiento. La fragilidad emocional de la persona requiere muchas veces de situaciones así para conocerse y descubrirse como un ser capaz de amar, y llamado a un amor exclusivo, indisoluble y eterno. La vivencia anterior de sabernos amados y seres capaces de amar, como en el caso del aviador, nos permitirá seguir avanzando hacia metas mayores, con la confianza de que un “mejor y mayor amor” nos estará esperando.